Alfonso Genaro Calderón Velarde

Alfonso Genaro Calderón Velarde

(1975-1980)

 

 

Quince días antes de la Cuaresma de 1974 el “caso Sinaloa” para la sucesión de Alfredo Valdez Montoya se había resuelto: el agraciado era el  ingeniero Gilberto “el Caminante” Ruiz Almada.

 

La noticia fue considerada “TOP SECRET”. Solo los íntimos del político cuchichí la conocieron. Había recibido indicaciones precisas de no soltar prenda hasta que el PRI diera la voz de arranque.

 

Desde antes el grupo Ruizalmadista daba tronchado a que su  “andarín” llegaría a la meta sin ningún tropiezo. Había seguridad y confianza en el que la coronaba la ceñiría Gilberto, por haber sido entrenado cuidadosamente por el supercampeón del último maratón sexenal en el país.

 

Ruiz Almada era el sinaloense mejor colocado y relacionado en las altas esferas de la política nacional. El hombre de todas las confianzas y el más estimado por el Presidente  Echeverría Álvarez desde que el “Caminante” emigro de Culiacán, zancadilleado  por el hablantín de Pilar Ángel Zazueta, que lo sacó de la jefatura de Obras Públicas Municipales con don Emilio Aguerrebere, se refugió bajo la sombra  tutelar de don Luis, que en ese entonces hacía sus pininos en Gobernación.

 

Ahí se hizo piedra sirviendo con lealtad y honestidad al que después fue secretario de Gobernación y luego presidente  de la República.

 

Nunca nadie como Gilberto estuvo tan cerquita de ser ungido gobernador de Sinaloa, puesto que, además, Alfredo Valdés Montoya ni por asomo se había entibiado para pensar siquiera en dejar sucesor.

 

“La Cucaracha” era un restaurante-bar de alto copete, muy céntrico, que estaba ubicado en el Gante  y Madero de la Ciudad de México, y punto de reunión en aquella época de los políticos en el candelero.

 

El 28 de Marzo de 1974 dos sinaloenses se dieron sita en este concurrido lugar, sin mas testigos que el murmullo de los parroquianos ajenos a sus personas. Ellos eran el ingeniero Gilberto Ruiz Almada y el periodista Antonio Pineda Gutiérrez.

Tónico había llegado a la capital a las 10 de las mañana vía el pájaro de acero, y el otro día, “el Cucú” de catedral, en esos momentos pío alegremente doce veces. No fue fortuito su viaje. Marcelino Montiel, gran amigo y simpatizante de le “El Caminante”, un día antes le había llevado un mensaje de su parte:”Gilberto te espera en la ‘La Cucaracha’, mañana del medio día. Es urgente.”

 

Para esas fechas “el destape “estaba en puerta. Se presumía que para después de Semana Santa se conocería el nombre del hombre. Para nadie era ignorado que el precandidato sólido y fuerte era Ruiz Almada, quien fungía como subsecretario de Hacienda con su antiguo jefe el presidente Luis Echeverría.

 

Y empezaron a hablar los dos paisanos con voz sólo audible para ellos. “Te pedí, Tónico, que vinieras a verme porque quiero solicitarte un gran favor”, le dijo Gilberto. “Mi asunto es un hecho. Y para esto requiero que tus colegas empiecen a calentar el ambiente a mi favor. Te aclaro que la noticia todavía no es oficial”.

Ese mismo día Toñico regreso a Culiacán. Traía el nombre del elegido: Gilberto Ruiz Almada.

 

No hizo mucho polvo. Por prudencia en estas cosas le has encanecido los bigotes se reservó hacer una casa planeada y meditada. Después se felicitaría por su atinada decisión.

 

Pero el diablo estaba moviendo la cola y  las paredes del edificio caerías desmoronadas en mil pedazos... y “El Caminante” caminaría...

 

Por esos días el presidente Luis Echeverría hace una gira por Nuevo León y se reúne con la cúpula de los empresarios regiomontanos.

En un tormentoso discurso pronunciado en Monterrey acaba con el cuadro de las endebles relaciones entre el gobierno y la iniciativa privada norteña. Los fustigó, los regañó y los puso verdes.

 

´”Fascistas y traidores”los llamó y no fue muy lejos por la respuesta. La sala de juntas fue abandonada por los iniciativos y luego se vendría una andanada furiosa en contra del el régimen echeverrista, que cimbró sus estructuras por la conmoción y espectacularidad nacional de la contienda.

 

Al observar esta caótica situación, don Fidel Velásquez se acercó al presidente Echeverría y le dijo: “Señor, la CTM está con usted. Los obreros del país lo respaldan. No esta solo. Cuente con nosotros”.

 

Una vez más el viejo y hábil político había intervenido como soporte y balanza de los intereses políticos del sistema. Pero, además, para llevar agua a su molino: don Fidel aprovecho la coyuntura para pedirle a Echeverría que tomara en cuenta para la sucesión de Sinaloa al senador catemista Alfonso G. Calderón Velarde.

 

Y el hombre de Calabacillas, Chihuahua, viejo líder obrero, fue designado candidato del PRI al gobierno del Estado para el periodo 1975-1980.

De la noche a la mañana Gilberto Luis Almada, ya amarrado para Sinaloa, había quedado descalificado en la carrera; el Cerro del Silla y Fidel Velásquez se le atravesaron en su destino.

 

La factura fue presentada... y pagada.

 

Don Fidel Velásquez fue encargado de darle la buena nueva a Alfonso G. Calderón: ¡ya tu negocio de Sinaloa quedo listo! ¡El licenciado Echeverría, nuestro amigo, te recibirá mañana!

Al día siguiente, a temprana hora, Calderón se presento en los Pinos. Don Luis lo recibió de inmediato y le dio la bendición:”No me de a mi las gracias; déselas a don Fidel; alístese, pero todavía no lo comente”, le dijo el presidente.

 

Señor, le expreso Alfonso, quiero pedirle su autorización para ir a Sinaloa a poner unos bombillos. Extrañado de la petición, Echeverría le pregunto “que qué eran los bombillos”, y el precandidato le respondió: “son una forma de pescar peces con mucha facilidad”.

 

Don Luis, hasta entonces se dio cuenta del subterfugio pesquero del precandidato, y le expresó que estaba bien, pero que lo hiciera con mucho cuidado. “No tenga usted ningún pendiente, le aclaró Calderón, son días de Semana Santa y los sinaloenses son muy mareros”.

 

Y otra vez Echeverría se quedo de “a seis”, estupefacto, sin saber el significado de la palabra mareros, que nunca antes jamás en su “Tercer Mundo” la había escuchado, y sonriendo le pidió que se la descifrara en castellano.

¡Se van mucho al mar, señor Presidente, en ves de estar en la ciudad se van a descansar a las playas!, le respondió socarronamente el ladino líder obrero.

 

Alfonso G. Calderón viajó en esa semana mayor a Sinaloa: “venia a poner los famosos “bombillos”. Ya traía en la bolsa la candidatura. Llego como una castañuela: alegre, sonriente, vacilador, regodeándose con su triunfo.

 

Lo primero que hizo fue reunirse con el ingeniero Ernesto Ortegón Cervera, el doctor Mariano Carlón López y José Lichter Salido, amigos entrañables y colaboradores cercanos del gobernador Alfredo Valdés Montoya, para proponerles un pacto conveniente para todos.

 

Calderón les solicito sus buenos oficios ente Valdés Montoya para que éste lo incluyera en la terna que en esos días iba a presentar a Gobernación de los precandidatos al gobernador de Sinaloa.

 

Les dijo que si lograban el asentamiento del gobernador, él les garantizaba que la CTM no se opondría a las pretensiones políticas de Ortegón Cervera y Carlón López, quienes eran los dos aspirantes que apoyaría Alfredo para la sucesión.

 

Cierto que ya Calderón no necesitaba el visto bueno de Valdés Montoya, puesto que ya estaba amarrado, pero era un requisito de mera fórmula que había de llenar.

 

Y el gobernador, finalmente, accedió a incluir a Calderón en la famosa terna.

 

Después de celebrar está cónclave, Alfonso G. Calderón hace una gira visitando a sus viejos amigos, la mayoría lideres cetemistas de la vieja guardia, para informarles que se preparen “porque era el bueno”.

 

Muchos no le creyeron. Recibieron la noticia con cierto escepticismo y evidente actitud irónica. En cuatro palabras: lo tiraron a lucas. Se les hacía un imposible que calderón desbancara a Ruiz Almada.

Alfonso llega a su recorrido a Los Mochis, ahí donde fue el escenario de sus mocedades, de sus triunfos y sus derrotas. Ve a sus compañeros antiguos de la SICAE  y a los actuales directores de la CTM, con los que había ligado una añeja vinculación en la lucha obrera  y les da a conocer la buena nueva.

 

No podía dejar de ir a saludar a su cuate Joaquín “El Churretas” López. Lo encuentra en su restaurant-cervecería “Los Jardines”, le da un abrazo de oso, se sienta a saborear una Tecate, y suelta el rollo:

 

“Churretas”; vengo a verte para que me ayudes. ¿En qué puedo servirte?, le pregunta el exlíder y emborrachador  del “tiznado” pueblo mochiteco. ¡Ya se nos hizo, la tengo amarrada!, le informa Calderón Velarde. ¿Amarrada qué?, interpela Joaquín. ¡La gubernatura, pendejo! Le responde furibundo el precandidato. ¡Ya hasta loco te volviste, Alfonso!, le dice “El Churretas”, riéndose a carcajadas.

 

Ahí se terminó la amistad entre los dos. López en esos momentos pensó que era una broma de Calderón, de esas pesadas que el acostumbraba dar a sus amigos.

 

Ya siendo gobernador le mandaría clausurar el negocio a Joaquín. Nunca perdonó Calderón una burla o una traición. Era rencoroso como un  paquidermo.

       

El fuerte color azul de las cordilleras de la sierra Madre Occidental alumbra la llegada a este mundo, en Calabacillas, Chihuahua, el 19 de septiembre de 1913, de Alfonso Genaro Calderón Velarde.

 

De cuna humilde, siendo un polluelo, sus padres se van a vivir a San José de Gracia, Sinaloa, y de ahí, a los 7 años como  nunca se cansó se canso de repetirlo Calderón  y fue lema de su campaña:” llegué a Los Mochis a batir el lodo con los pies descalzos”.

 

Mozalbete ingresa como ayudante de electricista a la United Sugar Company, conocida ayer como la Compañía Azucarera de Los Mochis, S.A., donde parpadea su carrera como líder obrero ocupando algunos cargos dentro de las filas de SICAE, organismo mochiteco antecesor de la F.T.S.

 

Apenas alcanzó a cursar la primaria, pero tenía una inteligencia viva y despierta, aventado, audaz y entrón como él sólo. Egresó, como él lo decía, de la universidad de la vida.

 

Bebe las primeras mieles de una representación popular: durante el régimen del presidente Miguel Alemán fue diputado federal, miembro de la XL Legislatura.

 

En 1951 fue tesorero municipal de Ahome; presidente del Comité Municipal del PRI y oficial del Registro Público  de la Propiedad; posteriormente en 1963-65, alcalde de Ahome; secretario general de la FTS, diputado federal otra vez, senador de la Republica, y luego brincaría a la gubernatura. Después sería secretario tercero adjunto el CEN de la CTM, y subsecretario de pesca.

Estas son las maduras que cortó, pero veamos las verdes que se quedaron prendidas en el árbol de las ambiciones de este controvertido político.

 

En la décadas de los treintas y cuarentas, Los Mochis era todo un bastión político inexpugnable del obrerismo sinaloense. Acaparaba alcaldías, diputaciones locales y federales y una de las dos senadurías. Aquí nomás tronaban los chicharrones de la CTM.

 

En 1950 Alfonso G. Calderón aspiraba a la presidencia municipal de Ahome. Va a ver a don Fidel Velásquez, le pide que lo apadrine y consigue su bueno.

 

Don Enrique Pérez Arce se encuentra es ese año en el apogeo de su campaña política del gobierno de Sinaloa. De poeta a poeta (Calderón, aquí entre nos, tiene una que otro poema regular) se entienden y aceptan también su postulación, pero el gobernador Pablo Macia Valenzuela, que no podía ver ni en pintura a Alfonso, lo reprueba con un cinco de calificación.

 

En aquella época de la constitución Política del Estado no permitía que un ciudadano no nacido en Sinaloa, legase a ocupar un puesto de elección popular; y de eso se agarraron los enemigos políticos de Calderón, para sacarle los trapitos al sol sobre su origen chihuahuense.

 

Macias Valenzuela ordena que busquen su acta de nacimiento para impugnarlo.

 

Esta petición cayó como anillo al dedo a los ahomenses del sector popular y a algunos dirigentes cetemistas, que tampoco querían a Alfonso. Se van a Chihuahua y se traen protocolizado el documento probatorio de que no era hijo legítimo de Sinaloa, sino solamente adoptivo.

 

El acta ipso facto es entregada a la secretaria de gobernación y una copia es lleva a don Fidel Velásquez, quien al verla monta en cólera  al sentirse engañado por Calderón, pues este nunca le dijo que esta traviesa cigüeña lo había depositado en la tierra de los tarahumaras.

 

Fidel lo castiga por muchos años, donde permanece oliendo fuertemente a naftalina.

 

Desde esa  fecha de su debacle política, Alfonso G. Calderón permanece en Sinaloa ocupando puestos de regular importancia.

 

En 1962 Leopoldo Sánchez Celis es postulado candidato a la gobernatura sinaloense. Viejo amigo de don Fidel, platican sobre las posiciones cetemistas de los Mochis. Polo le asegura que llegarían los viejos tiempos. Ambos nunca pelearían y seguían cultivando los mismos lazos de afecto.

 

Sánchez Celis le propone al poderoso líder cetemista a Alfonso G. Calderón para la alcaldía de Ahome: “Ahí tiene a usted un hombre castigado hace tiempo, fuera de la lucha sindical de la política. Levántele el castigo. Es la persona que usted y yo requerimos en los Mochis”.

 

En un principio Velásquez rechazo la respuesta de Leopoldo para después aceptarla y convertirse en Calderón en un excelente alcalde de Ahome, bajo la dirección política y respaldo pleno de quien lo había sacado del ostracismo.

 

Con Calderón se inicio la trasformación urbanista de los Mochis, que luego continuara con igual denuedo el “zorro plateado” Canuto Ibarra, también en el mismo sexenio del político cosalteco.

 

Los dos cambiaron la faz de la cuidad norteña, hoy orgullo de los ahomenses, la cual tuvo un tercer gobierno municipal de desarrollo y progreso con el ingeniero Ernesto Ortegón Cervera.

 

 Al concluir Calderón con su administración, Sánchez Celis lo llevo a liderar la Federación de los Trabajadores de Sinaloa y con su apoyo a la diputación federal.

A Sánchez Celis, pues, le debió Calderón su resurgimiento en la política sinaloense.

 

Alfonso G. Calderón podría tener muchas virtudes, pero tuvo un cúmulo de defectos. Díscolo, engreído se peleo con todos sus viejos amigos. Pocos se salvaron de su ira y prepotencia. Durante su régimen a varios hizo trizas implacablemente.

 

Fue en Cósala, en 1976, en ocasión de la visita a este lugar del licenciado José López Portillo como candidato presidencial, donde se rompieron las relaciones amistosas entre Polo y Alfonso, que ya nunca se volvieron a reanudar.

 

La cosa sucedió así: el gobernador Calderón pronuncia a su viejo modo un fogoso discurso de bienvenida a José, señalando que nadie antes que él se había preocupado por atender y llevar el progreso en los altos en Sinaloa, a esas zonas marginadas y olvidadas por los gobiernos que lo habían procedido.

 

Cuando Calderón concluyo su perorata, Sánchez Celis pidió el uso de la palabra al licenciado Porfirio Muñoz Ledo, presidente del PRI, quien se le concedió.

 

Polo no se anduvo por las ramas y contestó en tono resaltado a Alfonso: “Con permiso de nuestro candidato a la Presidencia  de la Republica y de nuestro dirigente máximo del partido, quiero refrescarle la memoria al señor gobernador Calderón, quien parece que sufre de amnesia.

 

En primer lugar, quiero aclarar que sí hubo gobernadores que apoyaron en diversas formas a los habitantes de los altos de  Sinaloa. Yo entre ellos.

 

Precisamente siendo el señor Calderón presidente municipal de Ahome y un servidor gobernador de Sinaloa, se realizaron importantes obras de contenido social para los moradores de la sierra de dicho municipio, como sucedió con el resto de las zonas serranas de la entidad.

 

Prueba de anterior, señor licenciado López Portillo, es la carretera pavimentada que todos los que estamos aquí utilizamos para estar presente en este acto”.

 

Para ese entonces, Polo, ante la expectación general, principalmente de los medios de comunicación, nacionales y locales, se había transformado: tenía el rostro encendido y enarcaba la ceja izquierda; el aire agitaba su paliacate y su mirada enrojecida se detenía con frecuencia en el rostro desencajado de Alfonso G. Calderón.

 

Polo se encontraba en su tierra, en el Cosala de sus amores, pero donde quiera que haya estado, nunca nadie dejo que lo ningueneara o pusiera su nombre en entredicho.

 

López Portillo se para y habla: “Tenia que ser Sánchez Celis el que le dice calor humano a esta reunión, diciendo su verdad con sus pantalones bien puestos, como los tienen todos los sinaloenses”. “Pelillos a las mar: invito a mis amigos Leopoldo y Alfonso, a que juntos conmigo, nos demos un abrazo”.

 

Cierto, hubo abrazo, pero ahí quebraron las tazas entre Sánchez Celis y Calderón.

 

Alfonso G. Calderón fue un hombre incansable, vigoroso como un roble, trabajador hasta decir basta e igual que claridoso y muy mal hablado, no apto para escucharlo oídos pudibundos. Fue además, un orador impetuoso y conclusivo. Poseía una voz que nomás retumbaba.

 

Famosas fueron sus giras de fin de semana. Nunca hubo días festivos para él. Traía asoleados, por la calle de la amargura, a su equipo de colaboradores  y a los funcionarios federales, quienes ya se escondían cuando los llamaba para que lo acompañaran a “los altos”.

 

Durante seis largos años, calderón y sus “voluntarios” invitados, subieron y bajaron las cuestas y laderas de las montañas sinaloenses, a pie, en carro, en burro, en avión, en lo que fuera para hacerse presente “su gran amor por los pueblos olvidados y marginados de la mano de dios y de los hombre”.

 

Dejando a parte sus caprichos, su lengua viperina y su egolatría, fue un gobernador que dejo obra material y social. Construyo un palacio de gobierno majestuoso, imponente, que costó más de mil millones de pesos, incluyendo la cede el recinto del Supremo Tribunal de Justicia. Transformo la zona paupérrima donde hoy se yerguen estos edificios en un nuevo conjunto comercial con muy alto futuro.

 

Levantó aquí en Culiacán un hermoso centro de cultura y bellas artes: el DIFOCUR, que le da señorío, presentencia, albergue y escuela a todas las expresiones de la inteligencia sinaloense.

 

En cada cabecera municipal su gobierno levantó instalaciones de líneas armoniosas para dar cabida a todas las dependencias estatales, antes dispersas por todos los rumbos de esas ciudades importantes de la entidad.

 

Estuvo casado con doña Maria Haydee Barraza y sus hijos son: Alor, Francisco y Sandra. Esta última fue la encargada de dirigir DIFOCUR.

La señora de Calderón, por su parte, al frente del DIF desarrollo una extraordinaria labor material y social en beneficio a los niños, jóvenes y adultos sinaloenses.

Con el concurso solidario de todas las clases sociales de Sinaloa y la inversión directa del gobierno del Estado construyó el Hospital del Niño DIF, con un costo de 100 millones de pesos.

 

Este centro hospitalario moderno, funciona, está dotado de gimnasio, auditorio, centro de capacitación técnica para la mujer, farmacia, centro de desarrollo infantil, centro de rehabilitación terapéutica, escuela de educación especial, taller de costura y oficinas administrativas.

 

El gabinete calderonista estuvo integrado por los licenciados Eleuterio Ríos Espinosa y Marco Antonio Arroyo Cambero, en la Secretaria General de Gobierno, y en la subsecretaria por las también abogados Raúl Rene Rosas Echeverría y Jorge Romero Zazueta; en la Secretaria de Finanzas, el C.P. Roberto Wong Leal; en Educación: el profesor J. Manuel Ibarra Peiro; en la procuraduría, los licenciados Amado Estrada Domínguez y Víctor Manuel Guerra Félix y en particular, los licenciados Manuel Escobaza Barrantes, Carlos Noe Cota y Joel Amarillas.

 

Dos legislaturas: la XLVIII y la XLIX acompañaron al gobernador Calderón durante su ejército sexenal:

 

La primera, 1º de Diciembre de 1970 al 30 de Noviembre  de 1977, estuvo integrada por: Pedro Gastélum Castillo, Gonzalo Villalobos Verdugo, Pedro Garfias Serna, Bruno Radamés García Gámez, licenciado José Luis Leyson Castro, licenciado Melquíades A. Camacho Gastélum, Baldomero López Arias, Berta Elisa Medina Parra, profesor Ramón Alberto Monjardin, profesor Elezar Robledo Sicarios, Aurelio Gonzáles Meza, Víctor Bodart Angulo, Simón Jacobo Nava, profesor Cesar H. Franco Rodríguez, Pilar Lamarque Sainz, licenciado Gildardo Valverde Bañuelos, Federico Velarde Mellado, profesor Juan Rodolfo López Monroy, Manuel Sánchez Guerra y José Ángel Polanco Berumen.

 

La segunda, del 1º de Diciembre de 1977 al 30 de noviembre de 1980, por: Cruz Acosta Sarmiento, Feliciano López Soto, Silvestre Pérez Lorenz, Jesús Báez Valenzuela, William Rosales Díaz, Miguel Ahumada Cortés, José Félix Bustamante, Francisco Gaxiola Montoya, Juan Manuel Inzunza Lara, Quinto Jaime Ezquerra, profesor Emilio Toledo Lizárraga, licenciado Samuel Escobosa Barraza, Manuel Hernández Ibarra, Ascensión Gonzáles Montenegro, Arturo García Loya, Jesús Homobono Rosas Rodríguez, Telésforo Michel Soto, Maria Esther Lizárraga Galindo, profesor Álvaro Tejada Osuna y Rómulo Padilla Astorga.

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