Coronel Alfredo Delgado

Coronel Alfredo Delgado

(1937-1940)

 

Como cualquier beduino desierto, el general Pablo Macías Valenzuela llega a Culiacán a fines de 1934 y levanta su tienda de campaña en “La Lonja”, junto a la plazuela Rosales, preparándose para lanzar su candidatura al gobierno de Sinaloa, que aun presidía, alegre y tambaleantemente, el profesor Manuel Páez.

 

Venia a la segura, sin temor alguno de que nada ni nadie se le atravesaría en el camino. Traía la bendición de “Tata” Lázaro y consideraba un hecho entrar a la puerta grande a la gubernatura próxima.

 

El hombre de El Fuerte no la había buscado. Se la habían servido en bandeja de plata con el aspecto de mil amores. ¡A quien le dan pan que no lo coma! Pero las cosas no iban a salir como se proyectaban. La cochina y traidora política le jugaría una mala partida que daría al traste con sus ilusiones y pretensiones.

 

La historia fue la siguiente: Macías Valenzuela era jefe de las Operaciones Militares en Durango, cuando Lázaro Cárdenas recorrió este Estado, durante su gira política. Lo trató y lo atendió a cuerpo de rey. Ahí, en 1934, el candidato le dijo que si llegaba a la Presidencia de la Republica se comprometía a que el sería el próximo gobernador de su tierra natal.

 

Ante ese formal ofrecimiento, una vez que la Esfinge de Jiquilpan se ciño la banda con la insignia tricolor, Macias Valenzuela se vino a esta capital para hacer la residencia obligatoria. Nombra jefes de su comité “Pro Macías”, a los licenciados Rosendo R. Rodríguez y Saúl Aguilar Pico, así como al viejo político sanignacense  Guillermo Ruiz Gómez.

 

Ya estando aquí, se presenta la caìda del profesor Manuel Páez y la desaparición total de los poderes, asumiendo interinamente el gobierno el coronel Gabriel Leyva Velázquez, con el que llevaba una vieja  amistad.

 

Macías Valenzuela viaja a México para saludar a don Lázaro y éste le ratifica el compromiso establecido. “Vuelva a Sinaloa y espérese a que llegue el momento. Usted es el bueno”.

 

Cárdenas, incluso, le regala una imprenta con todos los implementos para su campaña. En esa época era frecuente, además de necesario, que los candidatos contaran con su propio equipo para imprimir propaganda, volantes, periódicos y hasta votos subrepticios por aquello de las Termópilas.

 

Don Pablo observa que Leyva Velázquez  le empieza a hacer el feo y que abiertamente coquetea con la precandidatura del coronel Rodolfo T. Loaiza, que se había alborotado también  para el gobierno de Sinaloa. Todavía no se peleaban los dos coroneles oriundos de San Ignacio.

 

Al notar que nadaba en aguas turbias y que las cosas se ponían color de hormiga, Macias Valenzuela hace velices y se va otra vez a la ciudad de México y se presenta al Presidente Cárdenas. Don Pablo era un hombre de pocas pulgas y no le gustaba que le jugaran el dedo en la boca.

 

Seco, cortante, como era él, le dice a don Lázaro”Yo no le pedí la gubernatura de Sinaloa. Usted me la ofreció y ahora resulta que me la quieren hacer tablas, Gabriel está a favor de Loaiza. Vengo a renunciar a esa situación, pero también a decirle que yo  no soy burla de nadie y, por lo tanto, le pido que Rodolfo tampoco sea candidato”

 

Y  ninguno de los dos fue: Alfredo Delgado entraría como tercero en discordia.

 

El Fuerte fue la cuna natal de don Alfredo Delgado, quien vino al mundo el 25 de diciembre de 1886. Sus padres pertenecieron a las clases pudientes fortenses.

 

El 20 de enero de 1918, en Ciudad Jiménez, Chihuahua, contrae matrimonio con la señorita Soledad Siller Cobos, dama instruida, hija de familia de grandes recursos económicos.

 

Tanto ella como el coronel, en su época como gobernador, fueron muy afectos a las fiestas que se daban en el seno de la sociedad culiacanense y que se organizaban en su honor con cualquier pretexto.

 

A delgado le gustaba el vino y la cerveza, sin llegar a los extremos. Es decir, no hacía desfiguros que pusieran en desdoro su alta investidura, ya de por sí tan maltratada.

 

Tuvo fama de tragón y seguido le daban curseras, tanto por lo que comía como por los problemas que siempre lo asediaron.

 

Fue un tipo alto, blanco, corpulento, de bigote negro, meticuloso en el vestir. Dicen que era de temperamento nervioso, callado, circunspecto, íntegro con sus amigos. Unos cuentan que atendía bien a la gente, pero oros señalan que era malcriado y déspota.

 

Elipse: Página de Inicio