Diego Redo Vega

Diego Redo Vega

(1909-1912)

 

 

Los Redo fueron una familia de alto copete, pomadosa y perfumada, de sangre azul, dueños de la hacienda e ingenio de El Dorado, que se codeaban con la ata aristocracia porfirista (don Porfirio Díaz, don Ramón Corral y don José Ives Limantour) en la capital de la República; y en Sinaloa con don Francisco Cañedo, su selecto gabinete y los ricos de abolengo, los cuales los Redo pertenecían por casta y derecho propio.

 

El patriarca de esta dinastía, don Joaquín Redo, cultivó una cercana amistad con el gobernador Cañedo, quien lo atendía a cuerpo de rey, dándole todo lo que quería, llegando, incluso a ”regalarle” una senaduría ad-perpetuam en premio a sus virtudes ciudadanas.

 

Don Joaquín soñaba con que su hijo Diego llegara un día a la gubernatura, haciendo honor al consabido amor de padre. Abrigaba estas esperanzas en razón de su estrecha liga con el mandamás sinaloense, confiado en que éste le diera una oportunidad para sucederlo, pero la feliz ocasión nunca se presentó en vida de Cañedo y de él mismo.

 

El zorro de don Francisco conocía las pretensiones del flamante político y potentado, quien nunca se atrevió a hablarle “a lo macho de se negocio”. ¿Cañedo se hizo tarugo o sencillamente no le vio espolones al gallo? Ahora que también jamás quiso soltar definitivamente la silla gubernamental.

 

Pero el que persevera alcanza la liebre. Sería después del deceso de los dos (Francisco y Joaquín) cuando se harían realidad los deseos de Redo a favor de su retoño.

 

La vida y milagros de don Francisco Cañedo fueron magistralmente reseñados por el escritor Carlos Filio. La anécdota siguiente es de su cosecha:

 

“Alguna vez la inquietud y el deseo de sustituir al general Francisco Cañedo pasó como mal pensamiento por la cabeza de alguno políticos sinaloenses.

 

Tentado de semejante mal pensamiento lo fue un día el senador vitalicio Joaquín Redo, creyendo que podía suplantarlo con su hijo Diego, mas sus trabajos fallaron sin que hubieran sido desconocidos desde sus inicios por el general Cañedo.

 

Cuando el juego se descubrió, don Joaquín Redo se apresuró a no perder la amistad con el gobernador Cañedo, como hombre que tenía propiedades que perder solícito buscó la oportunidad para sincerarse.

 

Llegó el momento buscado, y en charla de sobremesa llevó la conversación por los cauces de la política local, para llegar a declarar que mientras el general Credo estuviera en el gobierno, nadie podía disputárselo.

 

A estas seguridades respondió don Francisco: ¡Mira, Joaquín, en este mundo matraca sólo le temo a Dios y a don Porfirio, los demás no valen nada!

 

A loa políticos buscadores de puestos públicos no les tenía confianza; para él esos buscadores eran como los plátanos: ¡seres sin corazón!”

 

El licenciado Heriberto Zazueta, originario de San Javier, municipio de San Ignacio, por quinta vez asumió interinamente el gobierno de Sinaloa, y en la última para cubrir la ausencia definitiva (por muerte) del general Francisco Cañedo.

 

Desde 1884 este político colaboró eficiente y lealmente con la administración cañedista, la mayoría del tiempo como secretario de gobierno y en una ocasión como diputado local.

 

Zazueta convocó el 14 de junio a elecciones extraordinarias, para elegir gobernador para el resto del período que le faltaba al general Cañedo, o sea hasta el 26 de septiembre de 1912.

 

Don Diego Redo (8 de junio de 1874) tan luego como vio caer la última palada de tierra sobre la tumba de don Francisco, empezó a mover sus influencias y tentáculos políticos cercanos a don Porfirio Díaz.

 

Uno de eso gallones de aquella época, don Rosendo Pineda, muy amigo de don Joaquín Redo se encargó de hablarle sobre el asunto al vicepresidente don Ramón Corral y a don José Ives Limantour, el aristocrático y poderoso ministro de finazas nacionales.

 

Don Porfirio, enterado del caso y recordando su vieja amistad con don Joaquín, aceptó palomear (ya se usaba haberlo desde entonces) la candidatura a gobernador de Diego Redo, considerando que era el hombre indicado para continuar en Sinaloa la senda del progreso impresa por su compadre y discípulo preferido, don Francisco Cañedo.

 

Así fue como el 23 de junio, Redo inicia su campaña electoral con el respaldo de los grupos que controlaba el cañedismo y con los propios del redismo.

 

Dos monolíticas agrupaciones nacen para empujarlo en sus aspiraciones: el Club Central Electoral y “Joven Sinaloa”.

Se fundan también dos periódicos: “El Occidente”, en Mazatlán y “El Clarín”, en Culiacán, para publicitar la imagen del candidato porfirista.

 

Entre las gentes más sobresalientes del redismo (profesionistas, políticos, periodistas y literatos) figuraron: los licenciados Arsenio Espinoza, Francisco Sánchez Velásquez, José Castellot, Carlos López Portillo, Francisco Verdugo Fálaquez, doctor Francisco Verdugo Flaquees, doctor Francisco de P. Millán, Juan B. Rojo, José C. Castelló, Antonio Tarriba, Manuel Borboa, Teodoro Valenzuela, Filiberto R. Quintero, Julio G. Arce, Marcelino Almada y Blas Borton.

 

Este fue el equipo grueso de apoyo con el que Redo se lanzó a la contienda electoral, además del fuerte respaldo del gobierno de Zazueta, que había recibido indicaciones precisas de don Porfirio de que, a como diera lugar, saliera con los brazos en alto el hombre de El Dorado.

 

Pero Diego Redo no iba a estar solo en la pelea. Las gentes de tendencia liberal inconformes con el viejo modo de gobernar de Cañedo, y cansadas ya de soportar  a quienes habían detentado el poder durante 32 largos años, querían un cambio radical en lo social y en lo político, y Redo representaba esa herencia del porfiriato.

 

Fue así como convencieron al licenciado José Ferrel Félix (16 de septiembre de 1865-1954), un periodista sonorense,  honesto y valiente, que desde las páginas de El Correo de al Tarde y de otras tribunas, había fustigado y exhibido con índices de fuego la corrupción y crímenes supuestamente cometidos por el régimen cañedista, para que contendiera contra la candidatura de Diego Redo.

 

Ferrel fue postulado por el Club Democrático Sinaloense que se había formado en Mazatlán y que lo integraban los periodistas Francisco Valadés y Heriberto Frías, Dámaso Sotomayor, Miguel Retes y Andrés Abendaño.

 

Esta clarinada democrática prendió mecha en Sinaloa. Ramón F. Iturbe, Juan M. Banderas, Juan Carrasco, Felipe Riveros, Ángel Flores, Macario Gaxiola, que después fueron grandes figuras de la Revolución, junto con Francisco Ramos Esquer y toda su familia; Amado A. Zazueta y otros inquietos jóvenes sinaloenses de la época, lanzan su voz de rebeldía y de repudio al agonizante sistema, y se adhieren a la candidatura de José Ferrel Félix.

 

Rafael Buelna fue el cerebro indiscutible de la campaña política del sonorense, al sostener dos puntos muy atractivos para el pueblo sinaloense: liquidar los 32 años de dictadura porfirista en Sinaloa, y abrir el cauce democrático al que había aspirado don Eustaquio Buelna, en la época juarista que vivió el Estado.

 

Las crónicas de aquel tiempo señalan que fue una contienda violenta y pasional, que cimbró el espíritu dormido de la democracia de los sinaloenses, hastiados ya de ser gobernados por la élite porfirista.

 

El gobierno de Eriberto Zazueta, que respaldada abiertamente a Diego Redo, viendo el arrastre popular de Ferrel y el fervor cívico del pueblo, empezó a perseguir y a encarcelar a los simpatizadores de este candidato en toda la entidad.

 

La policía no anduvo con contemplaciones. Tenía órdenes terminantes d detener a los cabecillas del movimiento ferrelista. En Rosario metieron a “chirona” a Camilo Sánchez, Regino Aldv, Ramón Cruz y Anastasio Aguilar; en Mazatlán a José del Corte y en El Fuerte, a los periodistas Emiliano García y José García de León.

 

Las elecciones se celebraron el 8 de agosto de 1909. Ganó Ferrel, de calle, pero el aparato electoral del porfiriato funcionó a las mil maravillas (tenían a su disposición miles de lindos, gordos y expertos mapaches) y el licenciado José Ferrel Félix, el gran periodista liberal, sufrió la afrenta, junto con el pueblo sinaloense esperanzado en la democracia, de la derrota, después de una campaña sin mácula donde el pueblo fue a votar por él.

 

El cachorro de don Joaquín Redo, logrando su sueño dorado, tomó posesión del cargo el 27 de septiembre de 1909.

Ello aconteció durante la mañana en palacio de gobierno, y por la noche en el Teatro Apolo se celebró un lujoso y concurrido baile postinero.

 

Este ágape fue reseñado por el historiador sinaloense don Héctor R. Olea: “Sobre la puerta de entrada se colocaron las letras “D.R.”, a luces de colores y un retrato monumental del señor Diego Redo. Se encendieron por primera vez, cuatro mil lámparas eléctricas y a la entrada del gobernante se saludó con la marcha “Viva Redo”, compuesta especialmente por el músico Carero, y don Diego inició el baile de “Cuadrillas” de honor, que terminó a las cinco de la mañana del siguiente día, acontecimiento social que ocupó todas las crónicas de la prensa de aquellas época.

 

Pero ¿de dónde prevenían los Redo? Pregunta de los sinaloenses sin respuesta, hasta que hace pocos años se desenredó la madeja: Diego de Redo, comerciante español, se instaló en Durango y ahí casó con la señorita Francisca Balmaceda. Pero el ambiente comercial de la excapital de la Nueva Vizcaya no llenó las esperanzas de hombre tan hábil para los negocios y promovió el cambio a Culiacán.

 

Joaquín, su hijo mayor, casó con Alejandra de la Vega, miembro del poderoso clan de los De la Vega. Este retoño de don Diego llegó apoderarse de los dos más grandes negocios de la familia con la que había emparentado: la fábrica textil de “El Coloso”, y lo pequeña panochería de la “La Aurora”, donde se procesaba la caña de azúcar sembrada en la margen izquierda del río Tamazula.

 

Poseedor de una sólida vocación financiera, Joaquín hizo florecer las dos rústicas y pequeñas fábricas sinaloenses, importando equipo europeo para ampliar “El Coloso” que instaló el francés don Jesús Depraect.

 

Por lo que hace a “La Aurora”, Joaquín Redo, con el apoyo de Ramón Corral y José Ives Limantour, obtuvo una concesión del Ministerio de Fomento para extender el cultivo de la caña de azúcar a El Dorado.

 

Se dice que en cierta ocasión don Porfirio Díaz le dijo a Joaquín: -Súbete al árbol más alto, y todo lo que alcances a ver es tuyo. Y fue así como nació el gran emporio económico de Haciendas de Redo y Compañía que la Revolución destruyó en 1911 al incendiar Iturbe y Banderas la fábrica textil y la modesta panochería de “La Aurora”.

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