General Felipe Riveros

General Felipe Riveros

(1912-1916)

 

La familia Riveros de Mocorito, compuesta por los hermanos Felipe y Jesús y sus sobrinos Manuel, Macario y Ricardo, participó activamente en la vorágine de la Revolución de 1910.

 

Entre todos, Felipe Riveros fue la figura más destacada y controvertida en este movimiento social. Primero abraza la causa del ferrelismo y después la del maderismo al ser designado presidente del Club Antirreleccionista de Angostura, constituido el 6 de enero de 1910, ante la presidencia personal de don Francisco I. Madero.

 

En 1912 se presenta a la justa electoral buscando ser nominado gobernador constitucional de Sinaloa.

 

Tuvo como fuerte adversario a su paisano al licenciado Enrique Moreno Pérez, también destacado revolucionario, mismo que en 1930 llegó a ser presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y hasta hoy el segundo sinaloense, después de don Eustaquio Buelna, que ha ocupado este importantísimo cargo.

 

El otro candidato fue el choicense Alejandro R. Vega, quien años más tarde llegaría al gobierno del Estado.

Felipe Riveros es electo gobernador para el período que empezaba el 27 de septiembre de 1912 y concluía en igual fecha en 1916.

Designa como secretario general de gobierno al licenciado Joaquín Noris, y al también licenciado José G. Heredia como magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado.

 

El gobierno de Felipe Riveros sufría una agonía económica terrible y no le alcanzaban los ingresos para cubrir con regularidad los sueldos a los maestros, a tal grado que se vio en la necesidad de presentar una iniciativa al Congreso para cerrar temporalmente el Colegio Rosales, argumentando que el deber primordial de su gobierno era el de ser difusor de al enseñanza primaria.

 

Con tal objeto se nombra una comisión para que estudie el problema, integrada en su gran mayoría pro catedráticos de la citada institución, misma que presenta una solución que contempla descontar un 5% de sus sueldos a todos los funcionarios y empleados estatales con excepción de los que no ganaran 50 pesos mensuales.

 

La Cámara de Diputados aprueba el dictamen de la comisión y los burócratas son sangrados en sus percepciones a partir del mes de diciembre de emolumentos al magisterio sinaloense.

 

El 2 de noviembre de 1912 la Honorable Legislatura concede una pensión de 50 pesos mensuales a la señora Anastasia Velásquez, viuda del Protomártir de la Revolución, don Gabriel Leyva Solano, estipulándose que la cantidad que recibiría era “para sí y para sus menores hijos, por mientras no contrajera nupcias y sus vástagos no llegaran a su mayoría de edad”.

 

El gobernador Riveros, el 5 de diciembre, pide licencia al Congreso del Estado. Aborda el Sud-Pacífico y va a México a una audiencia con el presidente Francisco I. Madero. Hasta el 3 de febrero de 1913, en que regresa, lo sustituye su nuevo secretario general de gobierno, licenciado Maximiliano López Portillo.

 

Para esas fechas en que el general Felipe Riveros estuvo en la capital de la República, vientos de fronda soplaban en contra del gobierno de Madero. Sus enemigos emboscados urdían tumbarlo del poder. El porfirismo no dormía pensando en el retorno. Estaban de cacería y la presa era el Apóstol de la Democracia.

 

Riveros asume la gubernatura el 3 de febrero y el 9 se inicia la Decena Trágica, el cuartelazo, la rebelión militar que incubó el traidor Victoriano Huerta, que hizo lo que le dio la gana con el cándido presidente de México.

El 22 del mismo mes son arteramente asesinados don Francisco I. Madera y don José María Pino Suárez.

 

Aquí en Sinaloa, al día siguiente, en el salón “La Perla”, los mazatlecos organizan un mitin de protesta por los dos proditorios crímenes, culminando con una manifestación que recorrió las calles del puerto. Estos actos de repudio fueron encabezados por Aurelio Fragoso, Santiago D. Rodríguez, Genaro M. Velásquez, Manuel Pérez Castro, Carlos López, Andrés Magallón, Emilio R. Aguilar, Federico Benítez, Agustín López, Ernesto Damy Jr. y Carlos Félix Díaz.

 

Horrorizados los sinaloenses reciben la noticia de la muerte de Madero y los grupos leales a su nombre y causa, que apenas hacía unos meses habían depuesto las armas, se acercan al gobernador Felipe Riveros para exigirle que no reconozca al gobierno huertista y que los encabece para lanzarse a la lucha en contra del sanguinario dipsómano.

 

Rafael Buelna, paisano de Riveros, lo insta también a que se rebele contra Victoriano Huerta. Pone oídos de mercader y “El Granito de Oro”, vuelve al combate, uniéndose a las fuerzas del general Martín Espinoza. Primero en defensa del maderismo y ahora luchando para derrocar al asesino del hombre que lo hizo soldado.

 

Riveros aplaca a los emisarios, los apapacha y los convence de que esperen un poco de tiempo. Los engaña, pues el 5 de marzo de 1913 reconoce, con su carácter de gobernador constitucional de Sinaloa, al gobierno de Huerta.

Presionados por él, igual consentimiento dan la Cámara de Diputados y el Supremo Tribunal de Justicia.

 

El gobernador mocoritense nunca se quitó el estigma de traidor de la Revolución, negro baldón que marchó su  hoja de servicios militares.

En la misma fecha los maderistas de Culiacán, realizan una junta y desconocen al régimen huertista y publican un manifiesto que firman: Teodoro Piczán, Francisco Ramos Obeso, José L. Osuna y los licenciados Enrique Moreno y Francisco Rojas.

 

En Piedras Chinas, Cosalá, se escenifica el primer combate entre la legalidad constitucionalista y la usurpación reaccionaria de Huerta. El coronel Claro G. Molina, Isaura Ibáñez y el mayor Matías Lazcano, hacen morder el polvo a los soldados huertistas que comandaba el subteniente Gripiniano Anzaldo.

 

Por su parte, en marzo 17, un grupo de maderistas mazatlecos empuñan las armas y son perseguidos por las fuerzas de Riveros.

 

Los poderes del Estado son trasladados a puerto de Mazatlán y en el decreto de autorización del Congreso se asienta “que es para acercarse y comunicarse más fácilmente con el gobierno del centro”.

 

Riveros nombra prefecto de Mazatlán a don Cándido Avilés Inzunza, simpatizador y amigo de Huerta, con el visible propósito de quedar bien con él.

 

El huertismo nunca le tuvo confianza a Riveros y los maderistas menos. Él aseguraba en sus informes que Sinaloa estaba en orden y paz.

Sin embargo, el Monitor Sinaloense y El Mefistófeles, periódicos de Culiacán, daban la noticia de que se había levantado en armas el licenciado Enrique Moreno Pérez, Francisco Ramos Obeso, y Lázaro y Francisco Ramos Esquer.

 

Riveros nunca pensó que su defección se revertiera en su contra. A bordo de un vapor de al armada nacional el día 18 de marzo los huertistas ofrecieron un banquete al general Reinaldo Díaz, para celebrar su ascenso militar. A este ágape asiste el gobernador, acompañado de algunos diputados y de sus más cercanos colaboradores.

 

Terminada la reunión y después de los brindis de rigor, el gobernador Felipe Riveros y su comitiva bajan por la escalerilla del barco con la idea de retirarse, pero cual no sería su sorpresa al ver que la escolta del propio general Díaz les impide el paso, conminándolos a darse presos en nombre del gobierno de la República.

 

Custodiados fueron enviados a México el gobernador Felipe Riveros, Cándido Avilés, Genaro M. Velázquez, Fidencio Smith, Antonio Espinoza de los Monteros, Carlos C. Echeverría, Lázaro Rodelo y Santiago D. Rodríguez, acusados del delito de rebelión y se les confinó en el cuartel de San Pedro y San Pablo.

 

Poco tiempo duraron prisioneros; al mes siguiente, en abril, les otorgaron la libertad.

 

Al quedar acéfala la gubernatura, inmediatamente es designado en forma interina el general José L. Legorreta, por acuerdo de Victoriano Huerta, permaneciendo en el cargo del 21 de marzo al 1º de octubre de 1913. Lo sustituiría el general Alberto T. Rasgado, del 1º de octubre al 1º de febrero de 1914.

 

Legorreta integró su gobierno con gentes connotadas de Sinaloa, que por lo visto nao le importó nada pertenecer al régimen espurio que encabezaba el general Huerta.

 

El tiempo ha pasado pero los nombres de estos hombres no se han borrado ni se borráran de ese capítulo oscuro de la historia.

Ellos fueron: licenciado Francisco Sánchez Velázquez, en la Secretaría de Gobierno; en la Tesorería, Eduardo Bátiz como titular; contador Juan R. Sáiz; interventor de Rentas, Efrén Castro y oficial de la Tesorería, Manuel E. Hernández.

 

Fungieron como diputados locales: Salomé Vizcarra, doctor Andrés Vidales, Eligio Avitia Jr., Guillermo Laveaga, licenciado Ignacio A. Sáiz, Francisco G. Aragón, doctor José Jiménez Almada y Federico Pérez.

 

En el Supremo Tribunal de Justicia: presidente Alfonso U. Gastélum; y magistrados: licenciado José María Tellaeche, Rosaura Rojo, Federico G. Peña, Eduardo Salomón y Francisco A. Flores.

 

Actuaron como prefectos en los diferentes municipios: Eligio Avitia, Fortunato Zatarain, capitán José Martínez del Río, Enrique Berumen, Saturnino Cebreros y Pedro L. Villaverde; y como directores políticos: Rosendo C. Collado, Jesús Sánchez Mejía, Victoriano V. Soto, Manuel López Portillo, J. Melesio Peiro y Arnulfo Izábal.

 

El general Felipe Riveros de la prisión en México y llega a Sinaloa en junio de 1913, refugiándose en San Blas, plaza dominada por la Revolución. Se alista en las fuerzas constitucionalistas, participa en varios combates en el norte de la entidad y trata de lavar en esta forma los pecados cometidos.

 

El 5 de julio Riveros, por acuerdo de don Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, es reconocido como gobernador legítimo de Sinaloa y dura en el poder hasta el 25 de noviembre de 1914. La toma de posesión se efectúa en San Blas, donde se encontraba la sede del gobierno carrancista.

 

Había conseguido la gracia y el perdón y por encima de otros altos militares sinaloenses como Iturbe, Flores y Carrasco, que se habían partido el alma y el cuerpo para derrotar al porfirismo y al huertismo, es premiado con el cargo que antes había ocupado.

 

Riveros fue un tipo simpático, de tez blanca, cara sonrosada y con una eterna sonrisa a flor de labio. Era alto, elegante en el vestir, jactancioso, mentirosillo y le gustaban las “copiosas” y las faldas, sin llegar al exceso.

 

En la Revolución tocó las puertas de todos los ismos: maderismo, huertismo, obregonismo, carrancismo y villismo.

Fue un hombre de su tiempo, que como otros soldados sinaloenses se acomodaba a los vaivenes y circunstancias de ese telúrico movimiento social.

 

Nacido en Mocorito el 5 de febrero de 1880, muere en su hacienda “La Providencia” el 5 de mayo de 1945.

 

En su nueva incursión gubernamental Felipe Riveros se rodeó de un selecto, escogidísimo equipo de colaboradores, gente que después destacó en los primeros planos de la política y las letras sinaloenses.

 

El gabinete riverista estaba integrado así: licenciado José G. Heredia, secretario general de gobierno; Alejandro Castro, oficial mayor; licenciado Enrique Pérez Arce, jefe de Justicia y Beneficencia Pública; tesorero, licenciado José A. Meza, e interventor auxiliar del tesorero, ingeniero Matías Ayala.

 

El gobierno militar también era de lujo: general de brigada Ramón F. Iturbe, jefe de Operaciones en el Estado; coronel Eduardo Hay, jefe del Estado Mayor; general brigadier Macario Gaxiola, jefe del 1er. Batallón de Sinaloa; coronel Juan Mesta, jefe del 2º Batallón de Sinaloa; coronel Isaac Espinoza, jefe del 3er. Batallón; coronel José María Cabanillas, jefe del 4º Batallón; y teniente coronel Herculano de la Rocha, jefe de la Fuerza Auxiliar de Sinaloa.

 

Al abandonar el poder el general Victoriano Huerta, el 15 de julio de 1914, don Venustiano Carranza asume el gobierno del país y al 18 de octubre convoca a la Convención de Aguascalientes, con el objeto de definir los cauces de la nación y limar asperezas con los disímbolos y ambiciosos grupos que habían triunfado en la segunda guerra civil. La Convención resultó un estrepitoso fracaso. Carranza es desconocido pro la Convención como Presidente Interino y se nombra al coronel Roque González Garza, Presidente Provisional de la República. Se abre una grieta enorme entre los revolucionarios. Villa y Zapata contra Carranza y Obregón, escisión que desembocaría luego en otro conflicto armado que convulsionó a México.

 

Riveros no había escarmentado. Seguía terco en dar la contra. En telegrama dirigido el 7 de noviembre de 1914 al C. Presidente de la Convención Soberana, se solidariza con el acuerdo tomado en el que se privaba a Carranza del mando político de la nación:

“Núm. 76.- De Culiacán, Sinaloa, el 7 de nov. De 1914. Recibido en Aguascalientes, Off.H.D.8 P.M.- H.R. 6-30.

 

En respuesta a extenso mensaje que hoy recibí del general Francisco Coss y demás signatarios, hoy mismo dígales lo siguiente: “Acuso a usted recibo de su telegrama circular fecha de ayer, y enterado con detenimiento de su contenido, en respuesta manifiesto a usted: 1º Que considerando como usted atinadamente cita, que la soberanía nacional reside original y esencialmente en el pueblo, y que éste, hoy victorioso, está representado en la Convención de Aguascalientes, es esta H. Asamblea la que con más razón y con mayor justicia puede, si así lo estima necesario para la salvación de la patria, declararse soberana como lo ha hecho con beneplácito de todos y aprobación de los más distinguidos ciudadanos que empuñaron las armas para derrocar a Huerta, restablecer el orden constitucional y realizar los ideales de la revolución de 1910. 2º Que su usted estima que la voluntad nacional quedó expresada en la cláusula quinta del llamado Plan de Guadalupe sólo porque está firmado por los ilustres desconocidos que lo suscriben y antes de disparar un cartucho, con mayor razón debe usted estimar que el acuerdo de la Convención en que se priva a Carraza en bien de la causa de al presidencia interina, es igualmente la expresión de la voluntad nacional. Tanto más cuanto que los signatarios de ese acuerdo son los genuinos y legítimos representantes del pueblo armado y victorioso. 3º Que teniendo el gobierno de mi cargo representante acreditado en la Gran Convención, que haciendo éste jurado respetar las decisiones de la H. Asamblea, yo no puedo ni debo desautorizarlo, so pena de incurrir en perjurio o disculparme alegando ligereza al designar representante, y le instrucciones para que hiciera la declaración correspondiente en el seno de la Gran Convención, a quien desde este momento mi gobierno reconocía soberana. Por lo expuesto, secundaré su actitud y persistiré en la línea de conducta ya adoptada, procurando el bien de mi patria, la realización de los ideales de la Revolución de 1910 y el triunfo de los principios, aun cuando perezcan las personas. Entre la Convención, última esperanza de la patria y Carranza, ávido de mando y de poder, no vacilo, con la Convención hasta morir. Lo que tengo el honor de poner en es superior conocimiento de la muy R. Convención Soberana por el digno conducto de usted, para los efectos consiguientes. Renuevo a usted mis protestas de alta consideración y aprecio”.

 

El 25 de noviembre Riveros abandona el gobierno del Estado. No concluye el período para el que fue electo y en el que sus claudicaciones fueron el pan nuestro de cada día.

 

Se va a Chihuahua a incorporarse a las huestes de Francisco Villa, que poco tiempo después se insurreccionaría en contra de don Venustiano Carranza y libraría épicas batallas con el general Álvaro Obregón.

 

Cuando se creía que Riveros iba a hacer huesos viejos con el “Centauro del Norte” al poco tiempo de estar bajo sus ordenes, hacerle jurado amor del bueno y librado uno que otro combate contra Obregón, tienen los dos un serio enfrentamiento verbal y se dispone a abandonar la División del Norte.

 

Aprovecha una noche lóbrega, oscura como la boca de un lobo, para tratar de huir de la ira de Francisco Villa. En la ciudad de Chihuahua aborda un tren que lo conduce a la frontera. Acompañan a Felipe Riveros su estimado paisano y compañero de armas el general Macario Gaxiola, algunos guerrilleros angosturenses y su hermano Jesús, que fungía como su jefe de ayudantes.

 

Ya estando listos para partir en el convoy ferroviario son detenidos por un piquete de soldado villistas al mando de un capitán de retorcidos bigotes. ¿Quién es Riveros? Pregunta con voz de trueno. ¡Yo soy! contesta Jesús. La escolta lo coge prisionero, le quita la pistola, lo conducen inmediatamente al panteón civil de Chihuahua, le forman cuadro y pasa a mejor vida.

 

¡Se habían ejecutado al pie de la letra las órdenes del general Francisco Villa!, que no se andaba con miramientos con los que le caían mal o no acataban sus mínimos deseos.

 

Una equivocación a costa de al existencia del consanguíneo de Felipe Riveros, lo salva a éste milagrosamente del paredón. El tren siguió su marcha ya sin ninguna interrupción y el militar mocoritense junto con sus gentes se internan en Estados Unidos. Esto aconteció el 30 de septiembre de 1915.

 

Por enésima vez don Felipe había brincado las trancas tocándole el turno ahora a don Doroteo Arango, que se quedó furioso cuando supo del error cometido.

 

 

Elipse: Siguiente