General Francisco Cañedo

General Francisco Cañedo

(1877-1909)

 

Don Francisco Cañedo gobernó a Sinaloa durante 32 años, de 1877 a 1909, respaldado y bendecido por el dedo omnipotente de su compadre y amigo del alma don Porfirio Díaz, el también eterno Presidente de México.

 

Carismático, afable, ladino, marrullero, podemos jurar sin temor a equivocarnos, que si no hubiera muerto, aún continuaría asido al poder, gracias a su imán personal y a sus grandes recursos y argucias en la ciencia de la política.

 

Puede ser lo anterior una exageración, pero según lo pinta la historia, Cañedo era un hombre que se las sabía de todas todas en el difícil arte de la componeda y los enjuagues de tipo político.

 

Si don Francisco hubiese escrito un libro de cómo sortear y evadir los vendavales que le tocó afrontar, aplacar a sus enemigos por las buenas o por las malas, y entrar y salir del gobierno cuantas veces quiso, de seguro que este manual representaría un precioso legado para los gobernadores que lo sucedieron en el presente siglo.

 

Eran, afirman, una cosita muy especial, que agarran el toro por los cuernos y no le tenía miedo ni al mismo Belcebú.

 

Para que nos demos una idea de cómo las “mascaba” el general Francisco Cañedo y emular dignamente desde aquí en Sinaloa a su maestro don Porfirio, tomó las riendas del Estado y durante 21 ocasiones, previos descansos para reponer sus fuerzas y cuidar su salud, regresaba campante, fresco, rozagante y risueño para asumir nuevamente la gubernatura.

 

Como si fuese gerente de un banco “con ideas modernas”, Cañedo prestaba la silla gubernamental para que se la devolvieran en plazos cortos y con crecidos intereses. Mientras sus apaniguados amigos dizque gobernaban, él ejercía el poder tras el trono, pues era consultado hasta para nombrar un gendarme.

 

Al triunfo del gobierno revolucionario de Tuxtepec, que encabezó el general Porfirio Díaz, el 4 de junio de 1877 tomó posesión como gobernador constitucional de Sinaloa el coronel Francisco Cañedo, quien después, por méritos en campaña, ascendería a general.

 

Dura en la cómoda silla hasta el 31 de agosto de 1878. Lo suple interinamente el presidente del Supremo Tribunal de Justicia, licenciado Manuel Monzón, del 31 de agosto al 3 de diciembre del mismo año.

 

Este tiempo lo aprovechó Cañedo para viajar a la ciudad de México a fin de informarle a don Porfirio de cómo estaban las cosas en Sinaloa  y recibir su bendición para continuar sirviendo a la entidad. Vuelve el 3 de diciembre y no salió de Palacio hasta el 31 de enero de 1879.

 

El 27 de enero asesinan en Mazatlán, donde don Francisco se encontraba de visita, al periodista José Cayetano Valadés. Acusado de ser el autor intelectual del crimen, entrega el gobierno al general Francisco Loaeza, comandante militar del Estado, quien provisionalmente durante dos días ejerce el mando político, para ser sustituido por el licenciado Manuel Monzón, el 1º de febrero al 8 de mayo de 1879.

 

Huyéndole a la quema, Cañedo puso pies en polvorosa rumbo ala capital de la República, esperando que se apaciguara el escándalo provocado pro este hecho de sangre.

 

En esta última fecha retorna al gobierno y despacha hasta el 27 de septiembre de 1880, día en que termina su mandato constitucional.

 

El escritor José C. Valadés en un fragmento de su novela Las Caballerías de la Revolución, narra la alevosa muerte de su consanguíneo:

“José Cayetano C. Valadés, era director de La Tarántula, periódico que editaba en el puerto de Mazatlán y desde cuyas columnas atacaba vigorosamente al gobierno cañedista. La noche del 27 de enero de 1879, el periodista acompañaba a dos damas –una de ellas su novia-, cuando en la esquina de las calles Oro y Principal Nicolás Zazueta le dio una mortal puñalada.

 

Zazueta, según él mismo declaró años más tarde, había sido contratado para cometer el crimen por Francisco M. Andrade, Prefecto de Culiacán. Además, antes de ir a Mazatlán a asesinar a Valadés, había recibido las ultimas instrucciones del gobernador Cañedo, quien le ofreció una fuerte cantidad de dinero si consumaba el crimen, cantidad que nunca le entregó el gobernador”.

 

¡Hasta tracalero resultó Cañedo!

 

Cañedo fue el gobernador más rudo y tenazmente combatido pro la oposición de los periódicos “La Tarántula” y “Juan sin Miedo”, que se editaban en el puerto de Mazatlán.

 

“Había cumplido mi propósito –dice una carta del general Francisco Cañedo, de fecha 29 de marzo de 1879- de no leer los periódicos que con los títulos de “La Tarántula” y “Juan sin Miedo”, se redactan en Mazatlán, y me había propuesto también no ocupar la atención pública, contestando las viles calumnias y los cobardes insultos que con tanta insistencia me prodigan tres o cuatro individuos, que se han impuesto la ingrata tarea de ostentar sus vastos conocimientos en el lenguaje tabernario, por medio de esas publicaciones, dando una prueba más de su caballerosidad, han tenido la ocurrencia de remitirme, por último correo bajo pliego certificado, un ejemplar del número 17 de su publicación.

 

En vista de esta galantería, no he podido menos que quebrantar mi propósito de imponerme muy detenidamente de todo el contenido de ese número de “La Tarántula” y para corresponder a la atención de sus redactores, voy a obsequiarlos hasta el grado de darles una contestación, que por cierto será la primera y última, y en la cual no usaré el lenguaje que ellos acostumbran; porque debo respetar al público y porque entiendo que es indigno, indecoroso y antipatriótico, deshonrar la prensa con publicaciones indecentes, donde se derrama toda la hiel, todo el veneno de los rencores personales, sólo para satisfacer innobles pasiones”.

 

Después hace su defensa y la de su ayudante Ignacio Solano reproduciendo una carta del capitán Anselmo Pedrín y argumentando su inocencia sobre el asesinato del periodista José Cayetano Valadés.

 

Años después fue aprehendido el auto material de este crimen. Nicolás Zazueta (a) El Borrego y el Ingeniero Mariano Martínez de Castro, gobernador del Estado en esa época, ordenó su ejecución pro medio de la odiosa “ley fuga”, en lugar de consignarlo a las autoridades competentes para esclarecer este crimen, ordenado, según confesión del criminal, pro el exprefecto de Culiacán, Francisco M. Andrade.

Después el gobernador Cañedo se rehabilitó ante le pueblo de Mazatlán durante la peste bubónica en los años de 1902 a 1903, dictando personalmente las medidas sanitarias de urgencia y ayudando a los aterrorizados vecinos.

 

Cuando los revolucionarios Juan M. Banderas, Cipriano Alonso, Gregorio Cuevas, Pilar Quintero y otros, tomaron por las armas la ciudad de Culiacán, respetaron el retrato del general Cañedo, en el salón de recepciones del palacio de gobierno, porque admiraban en él al patriota tuxtepecano y progresista gobernante de Sinaloa.

 

El gobernador Cañedo fue popular y sobre su gestión administrativa se cuentan numerosas anécdotas que hacen resaltar su carácter de hombre bondadoso y de ideas avanzadas, dice don Héctor R. Olea en un artículo que intituló La Muerte de Cañedo.

 

El gran historiador sinaloense señala que tuvo la oportunidad, por gentileza de su amigo el licenciado Rafael Rojo de la Vega, de consultar los “copiadores” de la correspondencia particular del general Cañedo y por sus páginas pasan personajes, sucesos, intrigas, aventuras y viajes, que reflejan fielmente el porfirismo en Sinaloa.

 

Esta documentación, -agregó- interesante porque contiene material inédito, sería una importante fuente de consulta sobre la historia regional y se lograría con sus datos una biografía subjetiva, viviente, donde se explicaría el origen de algunos actos públicos y las aventuras galantes de un Cañedo íntimos, simpático y patriota.

 

Del 27 de septiembre al 7 de diciembre de 1880 asume el gobierno el vicegobernador en funciones, general Cleofás Salmón, en virtud de que el gobernador electo, ingeniero Mariano Martínez de Castro, durante ese tiempo, pro despiadada artritis, estuvo postrado en cama. Recuperado de sus males llega al poder el 7 de diciembre de ese mismo año y permanece el él hasta el 15 de septiembre de 1882.

 

Don Mariano solicita otra licencia y lo suple otra vez don Cleofás hasta el 24 de febrero de 1883 en que regresa. Terminó su período el 27 de septiembre de 1884.

 

El general Cañedo es reelecto para otro cuatrienio gubernamental, tomando posesión ese mismo 27 de septiembre de 1884. Pide permiso al Congreso el 12 de octubre y se va a México a presentarle sus respetos a don Porfirio, quien en esos días asume el gobierno de la República.

Tres meses duró la ausencia de don Francisco, pues de presenta a la laborar el 26 de enero de 1885. Estuvo supliéndolo el vicegobernador don Gabriel Peláez, quien durante varias décadas fue el administrador de la hacienda pública.

 

Cañedo concluye su ejercicio gubernamental el 27 de septiembre de 1888, no sin antes haber presentado licencia en tres ocasiones, mismas que cubrió Peláez.

 

Por esos años anduvo el carrascaloso Heraclio Bernal por la Sierra de Cosalá y San Ignacio, asaltando a los ricos para darle dinero a los pobres liberales. Fue un verdadero dolor de cabeza para el gobierno cañedista, quien finalmente le mandó los rurales y lo puso quieto y  frío para siempre.

 

Luego es electo gobernador el ingeniero Mariano Martínez de Castro, palomeado por don Francisco. Mazatlán es sede de los poderes, por su clima benigno, por mucho tiempo.

 

Durante su período (1888-1892) se inició la construcción del kiosco de la Plaza de Armas, hoy Antonio Rosales, la penitenciaría, el puente sobre el río Tamazula, el teatro Apolo y se hicieron readaptaciones al Palacio de Gobierno.

 

El ingeniero Luis F. Molina fue el artífice de la mayoría de estas obras, unas aún en pie y otras desaparecidas por la acción del tiempo y la mano desaprensiva del hombre.

 

Por undécima vez (1892-1896) Cañedo dirige los destinos de Estado. El mazatleco Jesús Escobar, en dos ocasiones se hace cargo de la administración pro ausencia breve del titular. Igual lo hace el general Ignacio M. Escudero.

 

El general Francisco Cañedo le había agarrado cariño al gobierno. No podía vivir sin él y los sinaloenses de aquel entonces se habían acostumbrado a verlo entrar y salir de Palacio. Es así como se reelige para el cuatrienio 1896-1900.

 

Francisco Orrantia y Sarmiento y el diputado Juan B. Rojo, en cinco cortos intervalos, cuatro del último, estuvieron a cargo del Poder Ejecutivo

 

El novelista Carlos Filio hace el siguiente retrato del general Cañedo:

“ El gobernante de Sinaloa es en el año de 1904 el general Francisco Cañedo, lleva con prestancia y masculino desenfado su ancianidad, que para entonces ya contaba con cerca de sesenta años de haber nacido en La Bayona, pueblecito limítrofe con Nayarit, cuando éste era el 7º catón del Estado de Jalisco. (Otros biógrafos señalan a Ahuacatlán como su solar nativo).

 

En la soleada estampa de Culiacán se dibuja con hondos perfiles la figura de don Francisco Cañedo. El hombre es de una innegable ponderación física, y sin ser n Adonis, su masculinidad  es seductora, alto de estatura, blanco de color; los cabellos canosos, suaves, caen sobre su vigorosa cabeza de redondez socrática; los ojos son azules, algo escondidos entre la pelambre de las cejas; la nariz de halcónida cesárea y el corte del bigote y la perilla le dan el empaque que tuvieron los generales mexicanos que pertenecieron a la Reforma y al Imperio.

 

El hombre se envejeció, fue lo extraordinario, si arrugas, y sin perder como los patriarcas de Judea, su crédito masculino entre el mujerío de su tiempo. Su debilidad, su talón de Aquiles, fue el amor por las damas de trapío.

 

 En tal materia no fue el impenitente enamorado de cuanta falda veía prendida en un tendedero, pues era galano e inclinado al cortejo de alto coturno, siendo esta vocación la que lo hacía a veces olvidar las más respetables posiciones y algunas con resultados favorables”.

 

Sus años mozos los dedicó a trabajos de comercio en el puesto de Mazatlán. También fue dependiente de la tienda del vasco Manuel Izurieta, en Culiacán.

 

No pocos escritores consideraban como un delito el origen humilde de los hombres públicos, pero esto contribuye a enaltecer más la figura de Cañedo, aunque algunos lo atacaba diciendo “fue sirviente mandadero” –revelan en tono despectivo- en la tienda de los señores Vasavilbaso, de Mazatlán, cuyo local barría y aseaba  y después fue dependiente de la misma casa. También aseguran sus biógrafos que la Guerra de la Intervención Francesa despertó sus facultades para soldado y que se inscribió, con algunos jóvenes mazatlecos, en el entonces Batallón “Guerrero” de la Guardia Nacional.

 

Don Eustaquio Buelna también fue un penitente enamorado del Palacio de Gobierno, nomás que tenía de enemigo político a don Francisco Cañedo, que le daba las veinte y las malas en esta ciencia que dominaba a la perfección.

 

En una de las ocasiones en que el Padre de la Universidad Autónoma de Sinaloa trató de regresar al sistema, -ya había sido gobernador tres veces, mismas que no terminó pro intrigas de Cañedo-, quiso ponerse de acuerdo con éste para no tener problemas en sus pretensiones.

Don Francisco le dijo que le iba a dejar el campo libre y que se alistara para que se lanzara al ruedo. “Éntrale, Eustaquio, no te preocupes, tú eres mi amigo y es tuya la gubernatura”. Cañedo partió a México y le informó a Porfirio Díaz que pensaba darle un “chance” a Buelna. “¿De modo, compadre, que no vas a jugarla? Yo te hacía más hombre”, le expresó socarronamente el eterno Presidente.

 

Con eso tuvo para hacerse atrás en el compromiso contraído con Buelna. La contestación que recibió del “patrón” significaba un claro reproche a su espíritu filantrópico. Al regresar a Culiacán ¡Pácatelas! que se anima a presentar su candidatura al gobierno de Sinaloa, sin que tuviese alguna explicación previa con el ilustre mocoritense.

 

La gente de Buelna, en señal de protesta, organiza una nutrida manifestación y al pasar por palacio de gobierno lanzan piedras y “mueras” contra Cañedo. No fueron muy lejos por la respuesta: “La Acordada” dispara a la multitud y caen acribillados decenas de simpatizantes de don Eustaquio. En carretas sacaron los cadáveres de la calle Rosales “para que no estorbaran el tránsito de los carruajes y acémilas”.

Durante las elecciones ningún buelnista se presentó a las casillas a depositar su voto ciudadano.

Así se las gastaba el de La Bayona, Jalisco.

Elipse: Siguiente