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Fue a iniciativa del gobernador Mariano Martínez de Castro, teniente a dotar de un teatro digno a la capital de Sinaloa, que se edificó esta obra, una de las más bellas en nuestra entidad, cuya construcción se inició en 1892 y fue dirigida pro el ingeniero Luis F. Molina.

 

La Legislatura local facultó al gobernante, mediante decreto Nº 22, expedido el 4 de diciembre d e1889, “para contratar, con persona o compañía, la construcción de un teatro en la ciudad”, sin embargo, fue hasta 1892, obtenido el financiamiento y la contratación del ingeniero Molina, que pudo llevarse a cabo su realización.

 

Fue erigido en un solar de la calle Rosales, entre las que hoy conocemos como Juan Carrasco y avenida Álvaro Obregón, alcanzando un costo de $68,000.00 sin incluir el valor del terreno y las decoraciones. Se le impuso el nombre de “Apolo” a sugerencia de don Ángel Urrea, presidente de la comisión directiva, y por fin, el 16 de septiembre de 1894, siendo Cañedo otra vez gobernador, tuvo lugar la suntuosa inauguración. El discurso alusivo corrió a cargo del doctor Alberto Arellano Millán, y en la parte artística intervinieron un famoso clarinetista de apellido Limón y la pianista Leonor Praslow, que brindó un concierto a “dos pianos”.

 

Por acuerdo de la directiva, el citado coliseo fue destinado originalmente a la presentación de conciertos, saraos, zarzuelas, danzas, fiestas, teatro (y cine después), todo con fines benéficos, aunque en años posteriores se le utilizó para la celebración de eventos cívicos y políticos.

 

Díaz después tuvo lugar la inauguración escénica a cargo de una compañía de ópera denominada “Ciudad de Roma”, con la eminente soprano Emma Sovoraní, como primera actriz. Luego desfilarían por el hermoso teatro diversas compañías de ópera y opereta, zarzuela, teatro, danza, etcétera, en las que actuaba como subdirector musical el maestro Francisco Martínez Cabrera, prominente músico local.

 

Por el Apolo desfilaron figuras destacadas del teatro y el canto, pero también de la poesía y la política. Allí actuaron el tenor David Silva, doña Virginia Fábregas, José Luis Jiménez, Fanny Schiller, Virginia Pozos, Celia Montalbán, Dorita Ceprano, el famoso trío femenino compuesto por Julia Garnica, Blanca y Ofelia Ascensio; y haciendo pininos artísticos en 1932 una jovencita que bailó el Jarabe Tapatío, quien con los años se convirtió en la actriz más rutilante de México: María Félix.

 

El 14 de marzo de 1909 se escenificó allí un acto político, el primero de ese tipo en dicho recinto. Se reunieron los partidarios de las candidaturas de Porfirio Díaz y Ramón Corral, aspirantes a la presidencia y vicepresidencia de la República, respectivamente. Luego, el 27 de septiembre del propio año, se festejó allí mismo, con grandioso baile, la toma de posesión del gobernador Diego Redo. También fue el escenario de una velada en honor de don José María Pino Suárez, vicepresidente de México, quien en 1911 visitó Culiacán acompañado del ingeniero Manuel Bonilla, ministro de Comunicaciones y Obras Públicas; y el lugar donde el poeta peruano José Santos Chocano recitó sus versos en la fiesta que se ofreció al jefe del Ejército Constitucionalista, don Venustiano Carranza, y en la que participaron también don Isidro Fabela y Octavio Campero.

 

En 1923, el poeta Jesús G. Andrade recitó allí su bello canto a Culiacán, durante el acto conmemorativo de la fundación de la ciudad por Nuño de Guzmán. Al siguiente mes, en él hubo un mitin a favor del coronel Guillermo Nelson, candidato a la gubernatura estatal. Fue también recinto, al año siguiente, de actos masivos a favor de los generales Ángel Flores y Plutarco Elías Calles. Ya en 1927, pronunciaron en dicho lugar sendos discursos el general Álvaro Obregón y el ingeniero Luis L. León; y en 1928, hubo conferencias sustentadas, respectivamente, por el tribuno Querido Moheno y por el ilustre licenciado José Vasconcelos. En el mismo año se celebró allí el Quinto Congreso Estudiantil, además de que también fue escenario de tomas de posesión y rendición de informes de varios gobernadores.

 

Toda una época, un arcón de recuerdos, se fue con la demolición del teatro Apolo, acaecida en 1948, la cual constituyó un verdadero atentado contra el buen gusto y la antigua arquitectura de Culiacán, imperdonable por todos conceptos.

 

Una vez más vuelve a reelegirse don Francisco Cañedo para el cuatrienio que se inició el 27 de septiembre de 1900 y concluía el 26 de septiembre de 1904. Al mismo tiempo son electos gobernadores suplentes: Francisco Orrantia, Juan B. Rojo y Jesús Almada, quienes junto con su secretario de gobierno, licenciado Eriberto Zazueta, lo cubrieron en cuatro ausencias temporales. (Don Eriberto no le anteponía “h” a su nombre).

 

Don Luis Rea es exceptuado, por el término de cinco años, del pago de todo impuesto del estado y del municipio, por la agencia de inhumaciones que establecería en esta capital. No se contaba con este servicio tan necesario y que tanto auge ha tenido hoy como el narcodifuntiasis. Esto ocurrió en diciembre de 1900.

 

A iniciativa del gobernador Cañedo, la Cámara de Diputados acordó la prohibición en la entidad de las diversiones llamada “corridas de toros”. A don Francisco no le gustaba ver correr la sangre de los astados. Se le enchinaba el cuero.

 

La XXI Legislatura del Estado la integraron el doctor Ramón Ponce de León, licenciado Rafael Cañedo, José Ramos, Antonio T. Izábal, Juan B. Rojo, licenciado Eriberto Zazueta y Felipe Sotomayor.

 

La XXII: doctor Agustín Haas, Antonio T. Izábal, Ricardo Carricarte, Francisco M. Andrade, licenciado Ignacio M. Gastélum, licenciado Francisco C. Alcalde, Joaquín Red Jr., Juan B. Rojo, Felipe Sotomayor, José Ramos y doctor Ramón Ponce de León.

 

La XXIII: doctor Ramón Ponce de León, Antonio T. Izábal, licenciado Eriberto Zazueta, Rafael J. Almada, Julio G. Arce y Manuel M. Bátiz.

 

La XXIV: Francisco O. y Sarmiento, licenciado Francisco C. Alcalde, licenciado Ignacio M. Gastélum, Manuel Alatorre, Francisco F. Izábal, licenciado Manuel L. Choza, doctor Ramón Ponce de León, Antonio T. Izábal y Eladio de la Rocha.

 

Del 1º de octubre de 1906 al 30 de septiembre de 1910, fungieron como magistrados propietarios del Supremo Tribunal de Justicia del Estado los licenciados Francisco Sánchez Velásquez, Ignacio Noris y Luis Urrea Haas.

 

El general Cañedo, terminado el anterior periodo, inició otro el 2 de septiembre de 1904, que concluiría el 26 de septiembre de 1908. Por licencias que presentó, en tres ocasiones lo sustituye el licenciado Eriberto Zazueta.

 

Desde principios de siglo el sueldo del gobernador del Estado era de 20 pesos diarios y el de los diputados locales de 5 pesos, pero eran de aquellos duros del águila sana y fuerte, que no chillaba.

 

Los prefectos, por su parte, de Rosario, Concordia, San Ignacio, Cosalá, Badiraguato, Mocorito, Sinaloa y El Fuerte, percibían 5 pesos diarios; el de Mazatlán 10 y el de Culiacán 7 pesos, y vivían bien, alcanzándoles el dinero para comer, vestir y una que otra francachela.

 

En enero de 1903 la fiebre amarilla asolaba al puerto de Mazatlán. El gobernador Cañedo se encontraba al frente de una brigada de médicos y enfermeras, así como de sus colaboradores más cercanos, combatiendo la terrible enfermedad.

 

Los diputados, temerosos de que el gobernador se contagiase, le telegrafiaron pidiéndole que regresara a Culiacán. Cañedo les contestó que disentía en esa ocasión de su manera de pensar y que continuaría en el puerto hasta que la epidemia ya no representara amenaza para su pueblo.

 

Textualmente les dijo: “el gobierno de mi cargo estima de mayor importancia, tanto para combatir en su foco la epidemia que azota a esta población como para velar pro la seguridad pública, que el personal del Poder Ejecutivo permanezca aquí, tomando sin demora todas las medidas indispensable y cooperando con las autoridades locales a su inmediata ejecución para atacar el mal.

 

Mi salida de la población, en los momentos en que hay un peligro inminente contra la salubridad del Estado y del país, me dejaría el remordimiento de no haber hecho cuanto de mí dependiese para conjurar este peligro si desgraciadamente se propagara la epidemia fuera de los límites del distrito”.

 

Así, era gobernador don Francisco Cañedo, al que los gobiernos revolucionarios borraron su nombre del puente sobre el río Tamazula y de la calle que hoy se llama Francisco Villa, aquí en Culiacán.

 

¡Mal agradecidos que somos!

 

En esa época el barco y las diligencias eran los únicos medios de transporte en Sinaloa. Ya Sonora contaba con la línea férrea de Guaymas y Nogales. Esto demoró la integración y el progreso de nuestra entidad.

 

El 14 de agosto de 1905 asoman los primeros vestigios de la “punta de hierro” en estos lares. En esa fecha el general Cañedo recibe un mensaje de don Ramón Corral, ministro de Gobernación del régimen porfirista:

 

“Quedó confirmado contrato para la construcción del ferrocarril de Sinaloa a Jalisco y depositados 240 mil pesos, con lo que la Compañía de Southern Pacific garantiza su cumplimiento. Comenzarán los trabajos de Mazatlán hacia el sur y el norte a la vez, construyendo 400 kilómetros en dos años y luego 160 cada año. Tocará Álamos, Culiacán, Mazatlán, Tepic y Guadalajara, como puntos principales.”

 

La noticia, al conocerse, causó alegría entre el pueblo sinaloense, quien esperaba esa obra desde hacía muchos años.

 

En 1907 fue inaugurado el Puente Negro de Culiacán.

 

Por su belleza y originalidad esta obra de enlace ente Culiacán y poblados allende el río Tamazula, constituyó timbre de orgullo para los culiacanenses de la primera mitad del siglo actual, destacando entre las obras realizadas por el régimen cañedista en la última década del porfirismo. Antes de su construcción, “era el vado de la ciudad para los poblados del otro lado del río Tamazula”.

 

A ochenta y siete años de erigido, aunque sin la arquitectura original de la parte superior que le fue suprimida en 1958 pro el gobernador Leyva Velásquez, al ser remodelado, se mantiene en servicio gracias a las sólidas bases de mampostería y acero sobre las que descansa y parece tener sello de eternidad.

 

Antes de ser reformado, remataban su parte superior dos hileras de enormes y atractivas estructuras de fierro, enrejados laterales de protección, piso de madera y bancas de descanso, todo lo cual desapareció. Hoy el piso es de pavimento, existe iluminación mercurial y sin la belleza que añoran quienes le conocieron, el puente “Cañedo”, llamado ahora “Hidalgo, quedó adecuado a los imperativos de la presente época, auxiliado por sus similares “Juárez”, “Morelos” e “Ing. Juan de Dios Bátiz”, de reciente construcción.

 

El inicio de su erección data de 1889, durante la administración del ingeniero Mariano Martínez de Castro, continuándose la obra a principios de 1903, según lo apunta el decreto número 28, que a la letra dice: “Se autoriza al Ejecutivo del Estado (Cañedo estaba en el poder) para la construcción de una cárcel modelo en esta ciudad y un puente de hierro, madera y mampostería sobre el río Tamazula, en conexión con el camino nacional que cruza de sur a norte el territorio del Estado”.

 

Los trabajos se terminaron en el mandato del general Francisco Cañedo con la asesoría técnica del ingeniero Jorge Stranahan, quien cobró 120 mil pesos por materiales y honorarios.

 

Crónicas de la época indican que el proyecto original del arquitecto Luis F. Molina, consideraba todas las bases de mampostería y como tal se emprendió; sin embargo, con el arribo del ingeniero Stranahan, directos de líneas del Ferrocarril SudPacífico, quien sugirió se terminara la construcción con pilotes de acero rellenos de roca y estructura de acero; el proyecto se modificó aplicándose la técnica por él recomendada, trayendo la estructura acerada de Estados Unidos, aunque a decir verdad, la obra estaba muy adelantada y sólo unos cuantos pilotes acerados fueron colocados.

 

Ha escapado a nuestra investigación la fecha inaugural del puente, no así su denominación original que por Decreto Nº 1 expedido el 15 de septiembre de 1910, siendo gobernador don Diego Redo, le fue impuesta por el Congreso del Estado en memoria del general Francisco Cañedo, “Benemérito del Estado”, el cual perduró hasta el “Año de Hidalgo” (1960), en que se le impuso el nombre del caudillo de nuestra Independencia.

 

Millones y millones de metros cúbicos de agua han pasado por debajo de él; fuertes avenidas, crecientes incontrolables y hasta furias ciclónicas se han estrellado contra sus poderosas bases sin hacerles el menor daño, porque fueron hechas para siempre; pro su superficie cruzaron carruajes tirados por bestias, luego los primeros vehículos de motor, después las tropas revolucionarias de Juan Banderas, Ramón Iturbe, y hasta el general Álvaro Obregón.

 

Ya en tiempo de paz, fue sitio atractivo, romántico, al que solían acudir las familias para extasiarse con los crepúsculos como también parejas de enamorados, poetas y pintores que encontraban allí el oasis para calmar la sed del espíritu y del corazón.

Remodelado, transformado en su fisonomía, pero conservando aún la solidez de sus pilares, el viejo puente permanece inmutable al paso de los años, cual fiel y mudo testigo de una etapa de nuestra historia.

 

Don Francisco Cañedo había sido reelecto para el período 1904-1908. De nueva cuenta por tres veces lo reemplazó interinamente el licenciado Eriberto Zazueta, en virtud de que el gobernante, por prescripción médica, fue obligado a guardar reposo.

 

Su vanidad y ansia de poder no tenía límite. Nunca dijo “no la quiero”. Creía a pie juntillas que no había otro sinaloense que pudiera hacerlo tan bien como él. Así es que repitió otro cuatrienio: del 27 de septiembre de 1908 al 26 de septiembre de 1912.

 

No concluye el ejercicio. La muerte lo sorprende le 5 de junio d e1909. Había llegado al número 21, cifra récord jamás alcanzada por ningún gobernador de Sinaloa, de ocasiones en que ingresaba y egresaba del gobierno del Estado.

 

Su muerte fue casi repentina. En la casa duró postrado escasos días. Un catarro, una simple gripe, complicada después con una pulmonía fulminante, lo llevó a la tumba. Relatan que una noche salió de su casa a pie, en pantuflas, para dar una vuelta por la plazuela “Rosales”. Él tenía su morada donde después fue el Internado del Estado. Y de ahí se regresó estornudando y ardiendo en calentura.

 

El pueblo sinaloense lo lloró y guardó luto. Se sepelio fue impotente. “La caravana fúnebre se desprendió del Palacio de Gobierno hasta llegar a la Catedral (narra Enrique Ruiz Alba en un artículo publicado en PRESAGIO), en donde se ofició misa de cuerpo presente. A su paso por las calles, en la plazuela y frente a la iglesia, miles de personas, unas vistiendo elegantes trajes de levita, los más camisa y pantalones de manta, sombrero y huarache, además de mujeres cubiertas con rebozos y vestidos largos, esperaban la salida del cuerpo para acompañarle a la sepultura. Los numerosos carruajes de la época (calesas) fueron ubicados frente al templo para transportar a los “catrines”.

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