General Gabriel Leyva Velázquez

General Gabriel Leyva Velázquez

(1957-1962)

 

Desde México observaba atento el trabajo del gobernador Rigoberto Aguilar Pico, el general Gabriel Leyva Velázquez, presidente del CEN del PRI.

 

El leyvismo de la vieja guardia se agitaba en Sinaloa y afilaba sus armas, en tanto que los simpatizadores del divisionario, de nuevo cuño, como Bernardo Norzagaray, Joaquín Noris Saldaña, Chon Carrillo, Jesús Manjares, Clemente Carrillo y otros sinaloenses valiosos que colaboraban en el partido, preparaban maletas y elaboraban grandiosos planes para “sacra a Sinaloa del atraso y la incivilidad”.

 

Los senadores Jesús Gil Reátiga y el general Jesús Celis  Campos, perdidas las esperanzas de suceder en el cargo al doctor Rigoberto Aguilar Pico, aplicaban sus energías y aprovechaban sus contactos para obtener jugosos contratos de obras públicas en las secretarías de Estado.

 

En el panorama político local sólo se escuchaba el nombre afamado agricultor Benjamín Romero Ochoa, político chapado a la antigua, generoso, con magnetismo personal, algo quebrantado de salud y terco en negar las circunstancias políticas que imperaban entonces.

 

Era Romero el candidato ideal de los agricultores y de la clase media urbana, como muchos años antes lo fue el general Ángel Flores, a la Presidencia de la República, con los resultados funestos que la historia ha recogido.

 

En Culiacán había nacido una empresa periodística: La Palabra, con la idea en un principio, de tener opinión y presencia en Sinaloa. Benjamín era socio fundador. Se calentó y el diario lo siguió en su aventura, que se convertiría en un fracaso, tanto para él como para La Palabra.

 

Romero difundía que el doctor Rigoberto Aguilar Pico auspiciaba su precandidatura. El gobernador ciertamente lo puso en la terna que presentó en Gobernación, en la que junto con él figuraban el profesor Luis Flores Sarmiento, alcalde de Culiacán e íntimo del pediatra, y el general Gabriel Leyva Velázquez, del que ya se sabía que era el amarrado.

 

La realidad era que la fuerza del leyvismo se sentía hasta en el último rincón de Sinaloa.

 

Gabriel Leyva Velázquez era un hombre alto, esbelto, rígido, sin llegar a ser magro; de color moreno cetrino, cara alargada, boca regular, frente alta, huidiza; cabello rebelde y negro. Su voz era de tonalidades suaves, aunque el general la engolaba  con frecuencia para ponerla a tono con su figura hierática.

 

Dentro de su severidad poseía rasgos de fino humor. Cuando hablaba o cuando pronunciaba un discurso la mano le temblaba con un tic nervioso acompasado.

 

Le encantaban y le extasiaban las faldas femeninas, así también las fiestas y los bailongos. Era alegre como un cascabel prendido en el pecho de una guapa rubia o morena de cuerpo cadencioso.

 

Frente a las hermosas mujeres sinaloenses, Leyva se transformaba: sus ojos negros bailaban de emoción y recorría con su mirada lúbrica los redondeles turgentes de las apetecibles muchachas serranas, que, inocentes, parecían una ofrenda. Pero ¡ay!, mi general ya no era aquel gobernador garañon de 1935 que hizo furor en las cabeceras municipales de El Fuerte, San Ignacio, Sinaloa y Mocorito.

 

Fue un hombre bueno, demasiado bueno, noble, generoso, que nunca de propósito hizo mal a nadie. Muchas veces perdonó las flaquezas y fallas de más de alguno de sus colaboradores que se le salían del carril. Pero Leyva tuvo el pecado de ser muy susceptible al chisme y a la intriguilla palaciega. Creía que todos eran unos santos incapaces de mentir.

 

Había nacido en el poblado de los Humayes, San Ignacio, el 30 de junio de 1896 y falleció el 20 de marzo de 1985 en la capital de la República.

 

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Su padre fue el maestro rural Gabriel Leyva Solano, el Protomártir de la Revolución, que hacía en ese tiempo su servicio magisterial por sus tierras piaxtleñas.