Coronel y Profesor José Rentaría

Coronel y Profesor José Rentería

(1911-1912)

 

Al coronel y profesor José Rentería le tocó la distinción de ser el primer gobernador constitucional, por elección, en el período revolucionario.

Tuvo como contrincante en la contienda electoral al fortense licenciado José A. Meza, apoyado por grupos ligados con los revolucionarios y con los porfiristas.

 

Las elecciones se celebraron el 3 de septiembre de 1911 y Rentería toma posesión del gobierno el 27 del mismo mes.

 

La candidatura le cayó de lo alto a don José, quien tranquilamente se encontraba en El Fuerte, desempeñando funciones de prefecto político, cuando algunas representaciones de sinaloenses le proponen figurar como aspirante al gobierno de Sinaloa.

 

Encabezaron esta misión importantes y conocidos políticos de la época, entre los que se encontraban, por Culiacán, el licenciado Enrique Moreno y don Tomás Alvarado, y por Mazatlán, el prestigiado periodista don Heriberto Frías.

 

José Rentaría no se hizo del rogar, acepta y se lanza a la campaña. Contaba en ese entonces con 76 años de edad y sus arrugas, aunadas a su larga barba blanca, mostraban su ancianidad.

 

Don José Rentería nació en 1835. Después de titularse en Guadalajara como maestro normalista, ingresa al Colegio Militar en la ciudad de México, pero no concluye su carrera de las armas.

 

Luego, en 1856, a los 21 años, trabaja en la capital de la República en el despacho de un notable abogado, donde aprende algo de leyes  y al mismo tiempo estudia idiomas llegando a dominar el inglés y el francés a la perfección.

 

Vive una temporada en Morelia, Mich. Por sus ideas liberales agarra pleito abierto en un periodito local con el obispo Clemente Jesús Murguía; pierde la tierra pro este motivo y marcha rumbo al noroeste. Llega a Sinaloa a mediados de 1858 y toma como residencia la Villa de El Fuerte, donde se le encomienda la dirección del Instituto Municipal “Benito Juárez”.

 

Se une aun pronunciamiento rebelde jefaturado por Plácido Vega, un joven inquieto como él, en defensa de la Constitución de 1857 y toman la población de El Fuerte a favor de la causa.

 

Prende la mecha y se desata la guerra civil en Sinaloa de liberales contra conservadores, que lleva a Plácido Vega, al tiempo y ya investido tonel grado de general, a la gubernatura del Estado.

 

Vega, en medio de la lucha contrae matrimonio en El Fuerte con la señorita Refugio Rivera Vega, y se sabe que no tuvieron hijos.

Plácido Vega al dejar el gobierno en enero de 1863, para ir a cumplir una comisión encomendada por Benito Juárez, lo sustituye el general Jesús García Morales, quien nombra a Rentería, por vez primera, prefecto del distrito del El Fuerte y para el mes de julio de 1864, por méritos en campaña, ya ostenta el grado de coronel.

 

Plácido Vega al dejar el gobierno en enero de 1863, para ir a cumplir una comisión encomendada por don Benito Juárez, lo sustituye el general Jesús García Morales, quien nombra a Rentería, por vez primera, prefecto del distrito de El Fuerte y para el mes de julio de 1864, por méritos en campaña, ya ostenta el grado de coronel.

 

García Morales es depuesto del cargo por los generales Ramón Corona y Antonio Rosales, autonombrándose este último, pasando sobre la Constitución, gobernador de Sinaloa.

 

Por tal razón Rentería se levanta en armas. El ex gobernador Francisco de la Vega y Rábago sorprende en Mirasoles, pueblo situado a veinte kilómetros de Culiacán, a las fuerzas que comanda don José, lo aprehende y lo conduce herido a la villa de Sinaloa, quedando en libertad cuando se reconoce la gubernatura de Rosales.

 

Regresa a El Fuerte, donde presencia la muerte del coronel de la Vega, quien es fusilado y colgado en la plazuela del lugar. Este hombre singular participó en un cúmulo de hechos de armas en esas etapas conflictivas de la Reforma, la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano, ganándose a pulso el grado de coronel que le había otorgado el presidente Benito Juárez.

 

Basta señalar la batalla de La Noria, entre Mocorito y Culiacán, en octubre de 1858; la batalla de Los Mimbres, Cosalá, en marzo de 1859; la toma de Mazatlán en abril de 1859 y la batalla de El Salitral, en Álamos, Sonora, en agosto de 1861.

 

Al triunfo de las fuerzas liberales contra el invasor francés y la caída y muerte de Maximiliano, ocurrida el 19 de junio de 1857, el coronel y profesor José Rentería se establece en Álamos, donde funda una escuela de gran prestigio académico.

 

No puede precisarse la fecha en que regresó a El Fuerte el maestro Rentería, según afirma el periodista Humberto Ruiz Sánchez, de cuyos artículos sobre este insigne michoacano hemos forjado esta reseña, pero para 1877, fecha en que don Porfirio Díaz asume la Presidencia de la República, ya se encuentra radicado en este lugar.

 

Por cierto, don José, que había sido admirador de don Porfirio, sufre un desencanto cuando éste se convierte en dictador,  como no se cuida de ocultar su sentido crítico, se le cierran las puertas en lo político y en lo militar, situación que lo orilla a entregarse de lleno a la carrera magisterial.

 

Fue entonces cuando fundó una sorprendente escuela militarizada, que impartía primaria y secundaria, estableciendo también un internado con cupo para sesenta jóvenes procedentes de diferentes partes de Sinaloa y Sonora.

 

Años después se aposenta en Mochicahui, donde establece otra escuela, incursiona en la agricultura, protagoniza un pleito a muerte con el novio de una guapa muchacha, se le encarcela y se le enjuicia, y sale libre del penoso incidente y otra vez reabre el viejo plantel educativo que había establecido en El Fuerte.

 

Empieza a escribir en periódicos y revistas de la época y en 1892 edita un libro intitulado Estudios y Recuerdos, en el que critica el comportamiento de don Antonio Rosales, al encabezar rebeliones y asonadas a lo largo de la entidad.

 

En 1909, don José Rentaría se adhiere a las aspiraciones políticas de José Ferrel, candidato a la gubernatura de Sinaloa, en contra del porfirista Diego Redo.

 

En esta enconada campaña escribe con elocuencia en El Correo de la Tarde, de Mazatlán, a favor de Ferrel y más tarde es de los primeros, junto con don José María Ochoa, en lanzarse a la lucha en defensa de la causa maderista.

 

Viene luego su ascensión al gobierno de Sinaloa, donde empieza a recibir golpes y zancadillas hasta que es puesto en la lona por sus enemigos políticos.

 

Pero hagamos una breve reseña del acto en que tomó posesión de su alto encargo, según las crónicas de la época.

Al resultar electo, Rentaría, desde El Fuerte, junto con su comitiva aborda el ferrocarril en San Blas con rumbo a Culiacán, en cuya estación fue recibido por el general Juan M. Banderas y una multitud de todas las clases sociales.

 

Rechaza el carruaje que estaba listo para conducirlo  y a pie, rodeando de numerosos contingentes, camina hasta la plazuela Rosales, donde, bajo la estatua encuestre del general Antonio Rosales, produce un conceptuoso discurso.

 

En el Salón Rojo de Palacio de Gobierno, situado por la calle Rosales, le es tomada la protesta de rigor por parte del licenciado Ignacio Gastélum, diputado por El Fuerte, en su carácter de presidente del Congreso del Estado.

 

El general Juan M. Banderas, gobernador provisional de Sinaloa, le hace entrega de la estafeta, presenciando y avalando el acto los generales Ramón F. Iturbe y Juan Carrasco, y los coroneles Maximiliano Gámez, Rafael Buelna, Gregorio L. Cuevas y José María Ochoa.

 

No le duró mucho el gusto a don José Rentaría, pues a los pocos días de haber asumido el mando del gobierno, empezaron sus sinsabores y amarguras.

 

Los revolucionarios no se decidían a dejar las armas, pese a que Madero les había pedido las guardaran en el arcón de los trastos viejos, principiando los sombrerudos zapatistas a trastocar la ya de por sí endeble paz social en Sinaloa.

 

El gobernador discrepa de la política impuesta por don Francisco I. Madero, censura por la prensa el gabinete con que se rodeó, y pronto se le viene el mundo encima.

 

Madero, enterado de las críticas adversas que le hace don José, y del desastroso estado de cosas que prevalece en Sinaloa, envía a la entidad al ingeniero Manuel Bonilla, ministro de Comunicaciones, para que vigile a Rentaría, lo presione y lo haga renunciar.

 

Rentaría pide licencia a la Legislatura del Estado el 9 de febrero de 1912, para encararse en la ciudad de México con el Apóstol de la Democracia, entablándose entre los dos airadas discusiones. Madero le pide que deje el poder y al negarse el gobernador a dimitir, le ordena que no regrese a Sinaloa, que se presente a diario con el ministro de Gobernación, lo que equivalía a tener la ciudad por cárcel.

 

Rentaría desobedece las instrucciones del señor presidente, aborda el tren y se viene a Sinaloa. Llegando se encuentra con la terrible noticia de que los zapatistas al mando del general Juan M. Banderas, en una refriega, matan al coronel Néstor Pino Suárez, hermano del vicepresidente, y lo culpan de ello al no poder poner en paz a los revoltosos.

 

Y para colmo de los males en esos días se levanta en armas don Justo Tirado, en contra del régimen renterista. Por falta de seguridad y garantías prevalecientes en Culiacán, Rentaría traslada los poderes al puerto de Mazatlán.

 

Ya no regresa a palacio de gobierno. En Mazatlán lo aprehenden las fuerzas maderistas a bordo del cañonero Tampico, donde se había refugiado, lo conducen por mar a Manzanillo y de ahí lo envían por tierra a la capital de la República.

 

En Culiacán, mientras tanto, el gobernador es desaforado y destituido de su cargo constitucional, nombrándose como gobernador interino al licenciado Carlos C. Echeverría.

 

La conjura que se tejió en su contra, allá en la cúpula del también tambaleante gobierno de Madero, había prosperado y no le valió a Rentaría defensa alguna.

 

Fue un buen hombre. Su único pecado fue haber llegado tarde, senil, dado al catre, a la gubernatura.

 

En esos días se presentó una situación muy curiosa, insólita en la historia de la política de Sinaloa. El licenciado Carlos C. Echeverría, por ministerio de ley en su carácter de presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, asume el gobierno y al designar el Congreso Local, en forma indistinta, a cuatro distinguidos sinaloenses como gobernadores interinos, cada uno en fechas inmediatas diferentes, recusaron el honor de que eran objeto.

 

Ellos fueron el licenciado Fortino Gómez,  profesionista culiacanense muy destacado; Felipe Riveros, general revolucionario oriundo de Mocorito; licenciado Guillermo Haas, prominente hombre de negocios de Mazatlán y el empresario Manuel Clouthier.

 

¿Qué razones adujeron para no aceptar el interinato que supuestamente se les ofrecía en bandeja de plata?

¿Acaso no simpatizaban con el régimen revolucionario de Madero y pensaron que se quemarían social y políticamente?

 

Podría justificarse esta actitud en los casos de Gómez, Haas y Clouthier, pero en Riveros era de causar extrañeza por su reciente participación en el movimiento armado, o a lo mejor se estaba reservando, para brincar a la titularidad del Poder Ejecutivo.

 

El caso es que el licenciado Echeverría se tuvo que aguantar, como los meros machos, gobernando a la entidad del 26 de marzo al 13 de junio de 1912.

 

La inestabilidad política y social de Sinaloa era manifestada en esos días. Allá en la metrópoli y en el resto del país, Madero gobernaba con los residuos del porfirismo. El enemigo lo tenía dentro de su propia casa y aquí en el estado sucedía una cosa similar.

 

El Congreso nombra, por indicaciones del presidente Madero, al general José Delgado, jefe de la guarnición con sede en Mazatlán, como gobernador interino, el 13 de junio y deja el poder el 2 de julio de 1912.

 

La XXVI Legislatura de Sinaloa estaba integrada por los siguientes diputados: Francisco C. Aragón, Salomé Vizcarra Jr., doctor José Jiménez Aldana, Andrés Vidales, Cándido Avilés, Eligio Abitia Jr., Federico Pérez, Mariano Rivas, licenciado Ignacio A. Sáiz y Guillermo Laveaga.

 

Entra de relevo por segunda ocasión el doctor Ruperto L. Paliza, quien dura en el poder hasta el 27 de septiembre del mismo año, fecha en que se cumplía el cuatrienio para el que había sido electo primeramente don Francisco Cañedo, después Diego Redo y por último José Rentaría.

 

Tres elecciones, tres gobernadores constitucionales, pero ninguno pudo terminar este azaroso cuatrienio en que la muerte y las convulsiones políticas rondaron y tumbaron sus cabezas.

 

Don José Rentaría era más sordo que una tapia, máxime cuando le llegaban los cobradores. En su libro “Las Viejas Calles de Culiacán”, don Francisco Verdugo Flaquees, a propósito del orejudo mal que aquejaba a don José, relata la chispeante siguiente anécdota:

 

Era candidato para gobernador postulado por un grupo numeroso de ciudadanos, don José Rentaría, en lucha contra otro grupo que postulaba para el mismo cargo al señor licenciado don José A. Meza.

 

Los partidiarios del señor Rentaría, quien residía en El Fuerte, requirieron sus presencia en esta capital, y le prepararon gran recepción en la propia estación de desembarco del ferrocarril Sud-Pacífico de México, ocasión que los adherentes del partido contrario quisieron aprovechar para hacer una contramanifestación.

 

El señor Rentaría por su avanzada edad o por enfermedad, era sordo de remate. Mientras sus partidarios lo vitoreaban, los contrarios le lanzaban de nuestros y en la imposibilidad de distinguir unos de otros, elogios e insultos, el candidato se volvía indistintamente a todos los concurrentes, diciéndoles con voz y además afables: ¡mil gracias, señores, mil gracias!

 

Alguien de sus amigos, notó la equivocación y se lo advirtió al candidato, en el preciso momento en que, acercándose uno de sus más ardientes correligionarios, español él y con uso de vocables hispanos, le gritó con vehemencia:

 

¡Bendita sea tu mare!, y percibiendo sólo confusamente la frase, mal interpretándola, se volvió, iracundo, el candidato, a quien supuso contrario, y le dijo con voz tonante: ¡la suya!, tal por cual, originándose la hilaridad general.

 

El hombre que había puesto en juego su vida, perseverante y lealmente, al servicio de Sinaloa durante la Reforma y la Revolución, después de algún tiempo de cautiverio, es puesto en libertad, pero el poder ya se le había ido de las manos.

 

Por varios años permaneció en la ciudad de México, desempeñando algunos empleos de menor importancia, hasta que llega, en 1917, a la gubernatura el general Ramón F. Iturbe, quien lo invita a que colabore como consejero en su gobierno.

 

La amargura se refleja en Rentería en los apuntes que dejó sobre su aventurera y accidentada vida. De ellos entresacamos lo siguiente:

 

“Tan viejo como soy, he podido se testigo de muchos episodios referentes a la Guerra de Reforma, a la Intervención, al Imperio y también un poco atrás a la última administración de Santa Anna. Todo lo he plasmado en apuntes, los cuales alguna vez he querido publicar como complemento histórico para que se juzgue mejor a nuestros hombres públicos y se conozcan rasgos y personas que aún se hayan ignorados, pero como por desgracia la crítica entre nosotros no es a menudo más que procacidad insultante, consultando la paz del espíritu he dejado arrumbados mis apuntes”.

 

El 8 de marzo de 1919 fallece en Culiacán este gran michoacano-sinaloense. Sus restos se encuentran sepultados en el panteón San Juan en una tumba perdida o ignorada.

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