Profesor Manuel Páez

Profesor Manuel Páez

(1933-1936)

 

Bendecido y respaldado por el dedo todopoderoso del general Plutarco Elías Calles, el profesor en Farmacia Manuel Páez, miembro de una familia bien de Culiacán, quien ya había sido cuatro veces gobernador interino en el cuatrienio de Alejandro R. Vega, es electo gobernador constitucional del Estado para el período 1933-1936.

 

Los políticos y los ricachones de aquel tiempo echaron a volar las campanas de catedral en señal de regocijo. Se restregaban las manos porque veían en Páez al hombre que les abriría las puertas del poder económico y político.

 

En términos generales, existían confianza y fe en que el nuevo Mesías haría un buen papel, dada su madurez, su cultura y su innegable fuerza política.

 

Pero el gusto y el gozo se fueron al pozo y Sinaloa, como la célebre burrita, dio un paso para adelante y tres para atrás.

 

Cierto que don Manuel Páez fue un redomado bohemio, alegre, enamorado, parrandero y jugador, al estilo de Juan Charrasqueado, pero era jovial y simpático, popular y a todo el mundo le caía muy bien.

 

Bachigualato, ayer unas casitas muy lejos de Culiacán, lo vio y oyó chillar el 16 de marzo de 1986. Su padre fue don Cecilio Páez, rico propietario de varios inmuebles en la ciudad y de cerca de mil hectáreas ubicadas en El Quemadito, terrenos que valieron después una fortuna y que estaban ubicados donde se levantó la zona industrial de las arroceras.

 

Páez fue heredero único de estas tierras y siendo gobernador las entregó voluntariamente a los campesinos, puntos buenos que hay que acreditarle y aplaudirle a este hombre tan singular.

 

Fue dueño de la farmacia Continental ubicada en Ángel Flores y Juan Carrasco, misma que después traspasaría a doña Veneranda Bátiz Peña.

 

En cierto tiempo fungió como maestro de Química en el Colegio Civil Rosales.

 

En ese entonces hizo amistad con Álvaro Obregón, cuando éste trabajó en el ingenio de Navolato, y después con Plutarco Elías Calles, del que fue íntimo cofrade.

 

En los gobiernos de estos dos sonorenses, antes de venirse a meter a la política sinaloense, fue director de Fabriles, después COVE, y del Rastro de Ferrería del Distrito Federal.

 

A Páez le encantaba montar a caballo, caracolearlo al son de la tambora y pasearse por las calles de Culiacán.

 

Cada vez que lo hacía, muy frecuentemente por cierto, remataba en las carpas del mercado Vizcaíno, centro de reunión de políticos, gente de bien y consumados bohemios de aquel entonces.

 

Don Manuel, en su época de gobernador, nunca se separó de la pistola, la tría siempre fajada en la cintura, a la antigua usanza de los políticos que cuando se acostaban a dormir hasta la utilizaban como almohada.

 

Nadie se espantaba de ver a un gobernador con la súper pelona incrustada en el cuadril o dentro de elegante funda de piel de cocodrilo, luciendo su aparente valentía de hombre de pelo en pecho y listo para darle un buen susto al más guapo de la comarca.

 

Era un joven de gran estatura, robusto, de piel y pelo color blanco, bien plantado, pero ya el paso de los años lo habían encorvado un poco.

 

Durante su gestión administrativa enchapopotó las primeras calles de Culiacán; inició la construcción de la escuela Álvaro Obregón e hizo algunas otras obras que han sido empañadas por el tiempo inmisericorde.

Los más cercanos colaboradores de Páez fueron: ingeniero Roberto Avendaño, en la secretaría de gobierno, y don Cristóbal Bon Bustamante, quien fungió como tesorero en la etapa final de su administración.

 

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