Ingeniero Mariano Martínez de Castro

Ingeniero Mariano Martínez de Castro

(1880-1884 y 1888-1892)

 

 

Nació en Culiacán el 15 de mayo de 1850 y se graduó de ingeniero topógrafo en la ciudad de México. Fue regidor de la prefectura política de Culiacán e incursionó tempranamente en la política. Como senador de la República gestionó que Altata fuera considerado como puerto de altura.

 

Ejerció la gubernatura del estado en dos períodos, el de 1880-1884 y el de 1888-1892 precisamente en lo que se considera como de “paz porfiriana” y que en Sinaloa se le conoció como “la era de Francisco Cañedo”, comprendida desde los años 1877 hasta 1909.

 

Participó en las ideas de colonización extranjera de extensas zonas del país. Así el 16 de agosto de 1880 firmó un contrato con el ministro de fomento para la construcción en el estado de un ferrocarril que uniera a Culiacán y Altata. El contrato que fue modificado varias veces fue firmado por una compañía que se llamó de Sinaloa y Durango y el capital fue suscrito en Boston, donde se organizó la compañía bajo la legislación de Massachussets. La línea se abrió al tráfico en 1883, y en 1890 fue traspasada a una compañía de Londres con el nombre de Ferrocarril Occidental Mexicano.

 

La construcción de este ferrocarril, que posteriormente el pueblo bautizó como “El Tacuarinero”, dio ocupación a más de 200 trabajadores con salarios muy por encima a los pagados por los hacendados de la región.

 

Al ingeniero Martínez de Castro se le puede considerar como parte de los tuxtepecanos regionales de Sinaloa, que contemporizó con extranjeros y nacionales dedicados a las actividades comerciales e industriales tales como los Echeguren, los Kelly, Melchers, Somellera, Bartning, Redo, Hernández, Careaga, Peña Charpentier, Reynaud Heymann, Quintana, de Mazatlán, y los de la Vega, Verdugo Andrade, y otros de Culiacán.

 

Como gobernador en 1880 logró el tendido de las líneas telegráficas que unieron a Tepic-Mazatlán, Culiacán y Álamos.

 

Martínez de Castro impulsó la idea colonizadora de carácter cooperativista de Albert K. Owen, al decidir rebautizar su proyecto de construir una ciudad que tenía al puerto de Topolobampo como sede. A esta imaginaria urbe se le bautizó como “Ciudad González” en honor al presidente Manuel González, que al igual que Martínez de Castro sustituyen a Porfirio Díaz y Francisco Cañedo por ciertos años.

 

La idea central de Owen fue la construcción de un ferrocarril que uniera Topolobampo con la región de Texas, para hacer del puerto uno de los más importantes del Pacífico. Las gestiones de Owen ante el presidente González fueron muy exitosas en el papel, logrando cuantiosos subsidios que sólo se aplicarían si Owen lograba iniciar las obras proyectadas. Por ello, en 1883, Owen logra algunos fondos para la obra y se pone al frente de ella.

 

Owen no pudo adelantar mucho y al recobrar Porfirio Díaz el poder desaparece de los planes de Owen el nombre de “Ciudad González”.

En el segundo período de gobierno del ingeniero Martínez de Castro el grupo de colonos de Owen lograron sus más grandes éxitos. Renegocian sus concesiones ante el presidente Díaz y el gobernador los visita el 2 de abril de 1890, haciéndose acompañar por Francisco Orrantia y Zacarías Ochoa, dos de los más grandes terratenientes  hacendados del norte de Sinaloa, lo que constituyó un éxito para la colonia de Owen.

 

Precisamente a principios de 1890 llegó a Culiacán invitado por el gobernador de Castro, el ingeniero Luis F. Molina, con el propósito expreso de construir un teatro para la ciudad, el cual logró terminar hasta 1895. Estamos refiriéndonos al teatro “Apolo”, que tan relevante papel desempeñó, en la vida social y cultural de Sinaloa.

 

Fue tan afortunada esta gestión del gobernador Martínez de Castro al lograr interesar al ingeniero Molina, que con ello Culiacán ganó el que fuera su constructor más notable de la época cañedista. Los beneficios urbanísticos de Culiacán aportados por Molina aún existen en la obra pública y privada que nos legó. Con él, Culiacán alcanzó definición urbanística y estilo citadino.

 

Martínez de Castro no enfrentó radicalmente a Heraclio Bernal, sin embargo en su primer período de gobierno se gestaron las inconformidades juveniles del guerrillero del El Chaco, en el hoy municipio de San Ignacio. La persecución que desató sobre él, el jefe militar y varias veces gobernador provisional Cleofás Salmón, radicalizó a Heraclio, que con sus acciones puso en jaque al gobierno y trascendieron sus hazañas a nivel nacional e internacional.

 

Al gobernador Martínez de Castro le tocó enfrentar el terrible mal de la fiebre amarilla que como epidemia azotó las costas del Océano Pacífico.

 

Sinaloa estuvo libre de esta influencia hasta que en 1883 arribó al puerto de Mazatlán el vapor San Juan, procedente de Panamá con 33 enfermos a bordo, varios de los cuales desembarcaron en la ciudad, desencadenando una gran epidemia de consecuencias desastrosas para la región.

 

El mal de la fiebre amarilla trastocó notablemente las actividades productivas de Sinaloa y se cuantificaron más de 2400 víctimas. Falleció en Mazatlán la diva Ángela Peralta el 30 de agosto de 1883. Culiacán no escapó a tal influencia. “La epidemia atacó en general a todos los habitantes de la ciudad, no escapando ni uno solo de los 7000 habitantes con que contaba Culiacán”, nos expresa el doctor Rafael Valdés Aguilar en su libro Epidemias de Sinaloa.

 

Martínez de Castro fue un impulsor de las actividades científicas y educativas del estado. Apoyó notablemente a la Junta Central para la Exposición Colombiana de Chicago en Estados Unidos y también a corresponsalías de carácter científico en el estado, como el grupo masónico y al Colegio Nacional “Rosales” lo dotó con un moderno laboratorio de física y química en 1883.

 

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