General Plácido Vega y Dasa

General Plácido Vega y Dasa

(1859-1862)

 

 

En plena guerra de Reforma, el coronel Plácido Vega y Dasa es ungido gobernador provisional de Sinaloa, el 4 de Junio de 1859. Aventurera, peliculesca, fue la vida de este sinaloense, que desde que abrazó el fusil en defensa de sus ideas liberales y del gobierno del presidente Juárez, se la llevó combatiendo en Sonora, en Sinaloa y en otras partes de la República. Apenas calentaba la silla gubernamental cuando ya hacía velices para irse a los campos de batalla. Puede decirse que no dejó combate importante en esta lucha fratricida, principalmente en Sinaloa, donde no interviniese.

 

Fue el hombre de todas las confianzas de Juárez, aunque después, cuando el Benemérito se entronizó en el poder, luego de que Maximiliano fue fusilado, se convirtió en su más acérrimo enemigo. Sus enormes barbas que Nakayama calificó como pluviales, siempre estuvieron olorosas a pólvora. Llegó a tanto su fervor por la causa juarista, que se casó por poder con su novia Clara Vega Sarmiento, el 23 de noviembre de 1862, quien desde hacía cuatro años esperaba la consumación del compromiso matrimonial.

 

Viene al mundo Plácido Vega y Dasa, el 5 de Octubre de 1830, en la vieja Casa de los Arcos de la Vila de El Fuerte, quedando huérfano de padre y madre a la edad de 8 años. Él y sus cuatro hermanos pasan a la custodia de su tío Tomás, quien los cría y educa. Plácido, a los 14 años, emigra a Culiacán, donde trabaja como dependiente en un comercio propiedad de su primo Francisco de la Vega y Rábago.

 

Pronto se aficiona al uso de las armas y a los escarceos amorosos. Se enamora y le quita la novia al pariente que lo había protegido. Huye, junto con la guapa muchacha, de la ira de quien había sido burlado y se refugia en el rancho Joculá, El Fuerte, propiedad de algunos familiares.

 

Procrea un hijo con la dama en cuestión, que tuvo por nombre el de Rodolfo Acedo Vega. Más adelante tiene otro vástago con una dama de Badiraguato: Eligio Avitia Vega, que tuvo después una destacada actuación durante el porfiriato.

 

No se sabe nada de la vida de Plácido hasta que en Tamazula, Durango, aparece a mediados de 1855, participando en un movimiento faccioso de tendencias liberales, junto con Eustaquio Buelna, José P. Mateos y Miguel Ramírez, todos jóvenes como él, que entonces tenía 25 años.

 

Los cuatro, acompañados de un pequeño grupo de ochenta personas, en septiembre de 1855, bajan por la sierra a Culiacán, enarbolando la bandera del movimiento en apoyo del Plan de Ayutla, que se había constituido para derrocar la dictadura del general Antonio López de Santa Anna, y aquí en Sinaloa se luchaba para tumbar al gobierno conservador de don Pomposo Verdugo. El nuevo contingente, que Plácido llamó “Sección Libertadora de Sinaloa”, se une al grupo combatiente liberal sinaloense y toman la ciudad de Culiacán.

 

Plácido asume el mando del ejército que prolonga sus acciones durante dos años hasta que cae Santa Anna del poder y es sustituido por don Juan Álvarez. Sin embargo, los disturbios continúan en Sinaloa por parte del partido conservador y Vega y Dasa es enviado a Cosalá, donde bate a las fuerzas del general reaccionario José Blas Inguanzo.

 

Concluida esta campaña, Plácido se retira del ejército a fines de 1857, don Benito Juárez es designado presidente de la República y el general José María Yañez asume la gubernatura de Sinaloa. Juárez es obligado a huir de la ciudad de México a Veracruz, donde expide sus famosas leyes de Reforma, estando ya el país en plena guerra civil y con el general Miramón pisándole los talones.

 

Plácido Vega, el 19 de agosto, desde El Fuerte, lanza su “Plan de El Fuerte”, proclamando la vigencia de la Constitución de 1857, desconocida por el general conservador Félix Zuloaga. Vega hace del conocimiento del general Santos Degollado estar listo para la lucha y en los primeros días de octubre llegan a El Fuerte las tropas sonorenses al mando del general Jesús García Morales, que formarían la gloriosa Brigada de Occidente.

 

Se unen las dos fuerzas en la villa de Sinaloa y se escenifica el primer  combate en La noria, ubicado entre Mocorito y Culiacán, donde aplastan materialmente a los contingentes comandados por el general Manuel Arteaga. Marchan a Culiacán, donde no encuentran resistencia alguna; toman por asalto el puerto de Mazatlán y atacan con éxito, en los límites de Sinaloa con Nayarit, a Manuel Lozada, el famoso Tigre de Alica, cerrando con ello la campaña liberal para libertar a Sinaloa de las manos de los conservadores.

 

Sin embargo, poco tiempo después surge otro importante brote de las fuerzas conservadoras, y el 15 de marzo de 1859 se libra una sangrienta batalla en Los Mimbres, municipio de Cosalá, donde imponen una dolorosa derrota al sanguinario general José Blas Inguanzo.

 

Nunca tuvo paz y sosiego la vida de Plácido Vega y Dasa. Investido del cargo de gobernador es llamado a combatir en Sonora al general Domingo Cajén, a quien propina un rotundo revés en la batalla que protagonizaron. La situación nacional en 1859 cae en su punto más álgido al publicar el presidente Juárez sus famosas y drásticas leyes de Reforma. El país se ensangrienta, por dondequiera brotan discordias y asonadas propiciadas y dirigidas por el partido conservador.

 

Dentro de este peligroso estado de cosas, don Plácido tiene un momento de respiro y felicidad al recibir, por parte del gobierno federal, el despacho de coronel de caballería y el grado de general de brigada. En esta forma, el presidente Juárez le reconocía y premiaba los grandes servicios prestados a la Patria.

 

El 31 de enero de 1861, Juárez y sus ministros entran a la ciudad de México, terminando el amargo conflicto. El general Plácido Vega continúa al mando militar de Sinaloa, y el 12 de noviembre de 1861 es ungido gobernador constitucional del Estado. En ese tiempo construye la aduana marítima de Mazatlán y establece una escuela superior que denomina Colegia Mercantil y de Minería, que viene siendo el antecedente del Liceo Rosales fundado por el licenciado Eustaquio Buelna doce años después.

 

Vega deja otra vez la gubernatura al ser requerido por sus amigos sonorenses para auxiliar las fuerzas de Pesqueira y García Morales, que aún están en conflicto bélico. Regresa a Sinaloa para ponerse al frente del gobierno el 31 de diciembre de 1861. México y Juárez se estremecen con la invasión francesa. El 7 de enero de 1862 desembarcaron los galos en el puerto de Veracruz.

 

Vega, como siempre, se apresta al combate. El 25 de enero se traslada al estado de Jalisco para ponerse de acuerdo con el gobernador Ogazón y con Manuel Lozada para hacer frente al conflicto. El 26 de marzo se hace cargo de nuevo del Poder Ejecutivo y ocho días después se ve precisado a declarar a Sinaloa en estado de sitio, por instrucciones de la federación en prevención del inminente peligro de la intervención extranjera.

 

El 11 de enero de 1863 el gobernador Vega deja momentáneamente la gubernatura al ser comisionado por el presidente Juárez para que con su ejército sinaloense se traslade al centro del país para formar un frente común, en contra del ejército de Francia. Los diputados locales, para cubrir su ausencia ponen y deponen al secretario general de gobierno licenciado Eustaquio Buelna, nombrado por último al general Jesús García Morales. Por el hecho de ser civil, Vega había rechazado la designación de Buelna.

 

Don Plácido se dedica a organizar su ejército para partir al interior de la República; pide 50 mil pesos a la tesorería y a la aduana de Mazatlán para sufragar los gastos de avíos y movilización. Le contestan que no hay dinero; le completan cinco mil pesos y el gobernador consigue otros más por medio de préstamos forzosos al comercio porteño.

 

El general Vega embarca a su ejército rumbo a Zihuatanejo. Él se queda en Mazatlán buscando la manera de hacerse de más fondos, con la promesa de que los alcanzará en su camino. No logra un centavo más. Cuando Vega se dispone a zarpar en un buque de bandera chilena, ancla en Mazatlán un barco de guerra francés llamado Palais, que venía de bombardear el puerto de Acapulco. Pasa frente a las bocas de los 40 cañones de la nave napoleónica.

 

Aquel ejército de dos mil almas  desembocadura en Zihuatanejo, continuando el camino a pie rumbo a México, ya con el general Vega a la cabeza del contingente que se denominaba “Brigada de Sinaloa”.

 

Cruzan el extenso y escabroso Estado de Guerrero con un sinfín de personalidades  por el hambre, la disentería, el paludismo y el cansancio mismo. Arrastraron durante días interminables con implementos de guerra y exiguas provisiones por caminos lodosos con días y noches enteras de lluvias. Los caballos de que disponían se podían contar con los dedos. A finales de marzo, casi dos meses después de haber partido de Mazatlán, llega el general Vega con su diezmado y harapiento ejército a Tlalpan.

 

Ahí lo recibe el diputado por Sonora Bartolomé E. Almada y el de Sinaloa José Ma. Vasavilvaso, quienes más tarde lo conducen, junto con sus ofíciales, a presentárselo con el presidente Benito Juárez.

 

Quince días después el general Plácido Vega regresa a Sinaloa, dejando las tropas al mando del general Porfirio Díaz, quien continuó combatiendo a las huestes francesas.

 

Hay una anécdota al respecto que pinta de cuerpo entero al sinaloense bronco y alebrestado: Porfirio Díaz, en carta que le envía Juárez, le dice que ya no sabía quién le daba más guerra, si los galos o los hombres de Plácido Vega, que para esa época ya no quedaban ni mil, pero ese puñado dio ejemplo de valor y audacia en los campos de batalla.

 

 

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