Don Plácido al llegar a tierras sinaloenses se encuentra con que se ha declarado a éste en estado de sitio

 

 

Don Plácido al llegar a tierras sinaloenses se encuentra con que se ha declarado a éste en estado de sitio. Vega trae y a la consigna y comisión del presidente Juárez de que deberá establecerse en San Francisco, California, como agente confidencial del gobierno mexicano para buscar el apoyo de los Estados Unidos y enviar armas y municiones lo más rápido que se pueda y en el mayor número posible.

 

¿Por qué fue él el elegido?, se pregunta el escritor fuetéense Humberto Ruiz Sánchez, de cuyas reseñas sobre este gran personaje y con su permiso hemos elaborado este texto. Creemos, dice, que por muchas razones. Tenías una personalidad distinguida, inteligente y decidida; poseía además don de palabra e imponía respeto; requisitos éstos que no llenaban los toscos militares de ese tiempo.

 

Varios meses le llevó al general Vega prepararse para esta misión tan especial. Impulso cuotas obligatorias a negociantes, nada le dio la aduana marítima de Mazatlán aduciendo que ya había cooperado para el viaje de su ejército a la capital de la República y sólo obtuvo el producto de la venta de las joyas de su esposa Clara.

 

Parte de Mazatlán, el 12 de marzo de 1864, abordo del vapor “Oregon”, con 620 mil pesos en el bolsillo y su nombramiento de agente del gobierno mexicano, llegando a San Francisco el día 20 del mismo mes.

 

La encomienda era casi imposible. En esas tareas de compra e introducción de armamento ya habían fracasado los diputados federales Juan Bustamante y Bartolomé E. Almada. Vega, viendo que sus gestiones durarían mucho tiempo, aprovecha para casarse por la iglesia con su mujer, quien viaja para ello a San Francisco.

 

Mientras tanto Francia se apodera del país y el 12 de junio de 1864 hace su entrada triunfal a México, Maximiliano de Habsburgo.

La cosa se le pone peliaguda a don Plácido para cumplir con su cometido.  Estados Unidos, en 1863, se encuentra  enfrascado en su guerra civil; se había decretado una ley que prohibía la exportación de armas y los gringos estaban con la espalda contra la pared pro las buenas relaciones que existían entre su país y la Francia de Napoleón III.

 

En San Francisco, don Plácido fortuitamente se encuentra con dos mexicanos desterrados: el general Antonio Rosales y Jorge Carmona, el llamado marqués de San Basilio, quienes le piden ayuda, que les concede, para regresar a México y luchar contra los franceses. Los dos lo odiaban por cuestiones políticas suscitadas anteriormente en la entidad.

 

Ambos incumplen sus promesas. Carmona se une al ejército de Maximiliano y Rosales se pone de acuerdo con el general Ramón Corona para derrocar al general García Morales, quien había quedado como gobernador provisional, algunos cargamentos con armas, pero nunca supo si llegaron a su destino.

 

En marzo de 1866 sale de Nueva Cork un embarque con cinco mil fusiles comprados por Maximiliano. La guerra de Secesión en los Estados Unidos ha terminado y el campo está libre ahora sí para la exportación de armamentos.

 

Para el mes de agosto del mismo año, Vega cumple ya dos largos años y cinco meses de permanencia en San Francisco, infructuosos si se quiere, pero nunca cejó en su empeño de servir a México y a Juárez. La historia no fue benévola con don Plácido. Se dijo que abandonó la causa y traicionó la confianza depositada en él por el presidente Juárez, cosa injusta porque nunca se apartó de sus ideales y del compromiso contraído.

 

Vuelve a Sinaloa en los últimos días del mismo mes de agosto trayendo la última remesa de implementos bélicos. Desembarca en un portezuelo de la bahía de Las Piedras, cerca de Higueras de Zaragoza, ya la saber que don Benito se encontraba con su gobierno en el estado de Chihuahua, parte hacia allá junto con un grupo de norteamericanos que venían a pelear por México.

 

Antes de emprender la marcha, don Plácido es detenido en El Fuerte, por órdenes del general Ramón Corona y a punto estuvo de ser fusilado, pero arenga elocuentemente a los que habían sido sus soldados y consigue que lo dejen en libertad.

 

Emprende el camino a Chihuahua, tratando de cruzar la agreste Sierra Madre Occidental rumbo a Chihuahua, pero en el pueblo de Guasapares es alcanzado por la columna del general Correa. No hubo enfrentamiento y Vega entrega las armas, concluyendo así su tormentoso viaje que dura casi dos meses. No es detenido y prosigue su camino para informar a Juárez de lo que había hecho y de lo que no pudo hacer.

 

Como pudo, junto con alguna escasa gente que lo acompañaba, se presenta con el presidente, le rinde cuentas y éste lo auxilia con cinco mil pesos, no sabemos si fue como pago de sus servicios o para que diera de comer a su contingente. Las intrigas de Corona y Lerdo de Tejada surten efecto y se le acusa de haber hecho mal uso del dinero que manejó durante su misión en Estados Unidos, burda acusación que sin embargo logró su objetivo.

 

El ministro de Guerra ordena que comparezca para dilucidar su actuación, pero don Plácido no se presenta temiendo que lo manden a prisión. En su huida toma el rumbo de Durango y se va y se refugia en el cantón de Tepic, con aquel viejo conocido suyo que lo era Manuel Lozada, el Tigre de Alicia.

 

Hasta este lugar llegan las noticias de la caída y muerte del emperador Maximiliano, el 19 de junio de 1867. Han pasado nueve largos meses de penurias y sinsabores que se han acumulado en el físico ya no tan fuerte y vigoroso de don Plácido Vega.

 

Vega deja a Lozada, y en San Blas toma un barco rumbo a Mazatlán, donde al llegar es aprehendido por el general Bibiano Dávalos, comandante militar de Sinaloa y remitido a Colima donde había cuartel general.

 

Ramón Corona, desde Guadalajara, ordena su traslado a la ciudad de México, pero Vega escapa y se refugia de nueva cuenta en la sierra de Nayarit donde reina Manuel Lozada.

 

En la tierra de Amado Nervo, don Plácido se une a las fuerzas del general Trinidad García de la Cadena que lucha en contra de don Benito Juárez, y a favor de Porfirio Díaz.

 

En febrero de 1870 el general fuetéense ataca con 500 hombres la plaza de Escuinapa y la toma a nombre de su jefe el general García de la Cadena, pero no pudo avanzar hacia Sinaloa y tuvo que replegarse.

 

Aquí cabe un reflexión en nuestro relato para medio justificar el cambio de bandera política de Vega y Dasa: fue la misma que enarbolaron los propios  ministros de Juárez: don Guillermo Prieto, don José María Iglesias y el general Jesús González Ortega, de repudio a la reelección de don Benito. Al que más le dolió fue a González Ortega, quien en su carácter de Presidente de la Suprema Corte de Justicia, le correspondía suplir al Benemérito de las Américas.

 

El 18 de julio de 1872 muere don Benito Juárez y el país vuelve a la lucha fratricida.

 

En 1873, Plácido Vega forma parte de las fuerzas del Tigre de Alicia y junto con él, secundando los propósitos de Porfirio Díaz, le hacen la guerra a don Sebastián Lerdo de Tejada, el sustituto de Juárez en la presidencia.

 

Aquí en Sinaloa el régimen tejadista apoya y sostiene en la gubernatura a don Eustaquio Buelna, quien en 1875 se ve obligado a renunciar al triunfo del Plan de Tuxtepec.

 

De ahí nació el rencor de Buelna, cuando en las páginas de sus libros sobre la historia de Sinaloa de esa época, llena de lodo la memoria de don Plácido Vega.

 

Después del fusilamiento de Manuel Lozada, ocurrido el 19 de julio de 1857, nada se sabe del paradero de don Plácido. Se cree que vivió en Texas y Chihuahua de 1874 a 1876, y  que su estado de salud era delicado; aparece a la luz pública viviendo en la ciudad de México, poco tiempo después de que don Porfirio Díaz  tumba del poder a don Lerdo de Tejada y lo reemplaza el 5 de mayo de 1877.

 

Se agrava la enfermedad de vega, quien decide regresar a Sinaloa, para morirse, dice él, en su tierra y al lado de los suyos. Llega como puede a Acapulco, se hospeda en una modesta pensión, nadie lo acompaña y muere pensando en su tierra, en su esposa Clara y en su único hijo, Plácido, de 14 años, en aquel frío enero de 1878.

 

La dueña de la pensión caritativamente costea los funerales del hombre que tanto sirvió a Sinaloa y a su país. Tenía sólo 47 años cuando bajó a la tumba en el puerto de Acapulco, pera aunque su cuerpo había sido vencido por los embates de la vida, su espíritu de lucha nunca fue doblegado.

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